Lo que sí he hecho ha sido darme una vuelta por el barrio, sobre todo para encontrar restaurantes; siempre tiene uno que estar pensando adónde ir a comer, hay que joderse. Si la naturaleza fuera sabia habría conseguido que comiéramos, como mucho, una vez al día; de otro modo hay que estar pensando siempre. Resginación. Y composición de lugar. Estos son algunos de los restaurantes que me quedan cerca.
El siguiente estaba cerrado, pero supongo que sería por la hora. Si la House of flavors os excita, no podréis contener vuestro gozo cuando veáis el siguiente: a tres minutos de casa.
Nada menos que la Isla del Tesoro y regentado por chinos: ¿encontrarás quizá alguna perla si pides ostras, Pedrín?
También a dos manzanas de casa tengo el Scorpio Club, que promete y una parroquia de confesión para mí desconocida en la que dan sopa boba a los pobres los domingos, lo malo es que no admiten reservas y me han dicho que se montan unas colas que ni en Studio 54.
Y para que no digáis que no meto gente, que es lo más diviertido, clado, os voy a presentar a algunas vecinas y vecinitos de mi nuevo neighborhood.
Sensualidad en el andar y futuras generaciones, es el título de mi próximo ensayo, mi proxima obra magna, 31 volúmenes dedicados al tema. Este barrio va a dar mucho de sí.
Y a continuación, si la red lo permite, voy a presentar un lugar que yo de lejos creí restaurante y era iglesia; y otro que creí iglesia y era restaurante. Lo que es la interculturalidad, macho.
No sé si se verá muy bien el nombre de este place, pero cuando lo ví me dije: coño, una iglesia de colores, qué original, y luego: ¿La Iglesia del Pollo? ¿El Pollo de la Iglesia? Tampoco me extrañó tanto porque aquí, como en todo el tercer mundo, el culto al pollo está muy extendido. Pero me acerqué un poco más. Es una copia y con peor olor del Kentucky Fried.
Por último, en lo que a fotos se refiere, una cabal expresión de la street corner culture, la cultura de los hombres hablando y reunidos en las esquinas mientras sus mujeres trabajan, o algo así.
El de la moto de la foto de la derecha no es un nazi, es que están de moda los cascos nazis entre los motoristas.
¡HOY SÍ HAY RELATO! Para todo ese país que tanto me quiere y tanto me ha dado, me voy a poner ahora mismo a escribir unos hechos que nos sucedieron allá por el año 84 a mi amigo C. y a mí; bueno, más bien a C. En aquellos momentos yo era responsable de proyectos de cooperación para el desarrollo en Centroamérica y Caribe y él un cooperante raso. Nos conocíamos ya desde la facultad y fuimos muy amigos durante un tiempo.
¡Allá voy! ¡Sin miedo, sin descanso! (A ver lo que tardo)
Os recuerdo lo que dije de él en una de las páginas del blog, cuando prometí escribirlo (puede que haga ya casi una semana):
“Sólo voy a adelantar, como si de una técnica de publicidad se tratara, que el relato es un hecho real que le sucedió a mi amigo C. y que me lo contó en una noche como ésta, de lluvia y viento furiosos, casi huracanados, en la cabaña de un rasta en Cahuita, en la selva del oriente costarricense, provincia de Limón. Recuerdo que la estructura de la cabaña temblaba, palpitaba con cada golpe de viento, pero eran vibraciones duras, asentadas, apretadas por la tierra, vibraciones potentes, firmes, pero seguras, bien ancladas, como las de la polla de un adolescente”.
Lo contaré tal y como lo recuerdo, sin embellecimientos, sólo con las omisiones a que el pudor y la memoria obligan.
No nos había resultado fácil conseguir la cabaña de Onda, que así se hacía llamar el del León de Judah. Primero porque no teníamos pensado pernoctar en Cahuita, pero el temporal anegó el camino de tierra que llevaba hasta allí y nuestra furgoneta no disponía de doble tracción. Imposible volver, ni siquiera hasta Sánchez, un pueblo más grande a unos veintitantos kilómetros.
“Sólo voy a adelantar, como si de una técnica de publicidad se tratara, que el relato es un hecho real que le sucedió a mi amigo C. y que me lo contó en una noche como ésta, de lluvia y viento furiosos, casi huracanados, en la cabaña de un rasta en Cahuita, en la selva del oriente costarricense, provincia de Limón. Recuerdo que la estructura de la cabaña temblaba, palpitaba con cada golpe de viento, pero eran vibraciones duras, asentadas, apretadas por la tierra, vibraciones potentes, firmes, pero seguras, bien ancladas, como las de la polla de un adolescente”.
Lo contaré tal y como lo recuerdo, sin embellecimientos, sólo con las omisiones a que el pudor y la memoria obligan.
No nos había resultado fácil conseguir la cabaña de Onda, que así se hacía llamar el del León de Judah. Primero porque no teníamos pensado pernoctar en Cahuita, pero el temporal anegó el camino de tierra que llevaba hasta allí y nuestra furgoneta no disponía de doble tracción. Imposible volver, ni siquiera hasta Sánchez, un pueblo más grande a unos veintitantos kilómetros.
Cuando decidimos pasar la noche en la aldea, nuestra primera ocurrencia fue ir a un bar en el que hubiera chicas, ligar y dormir con ellas. Conseguimos que dos se unieran a nosotros, aunque nos pasamos la noche mirando por el rabillo por si aparecían su padre, su hermano, su novio o todos juntos. Pero el ron otorga audacia. Les sugerimos ir a dormir. Quisieron. Pero… ¡ay! Ellas vivían con sus papás, tendría que ser en el único motel del pueblo. Acudimos a él. Obtuvimos dos habitaciones… aunque… sólo por una hora; el resto de la noche ya estaba reservado por otras clandestinas parejas (no puedo dejar de señalar que las muchachas habían entrado al motel tumbadas en la parte trasera de la furgoneta para no ser vistas; la furgoneta, los coches en general, se escondían en una cochera justo debajo de la habitación, adonde te subían unas escaleras de madera; la conversación sobre el precio y la comanda de bebida y comida se hacía a través de un torno para no tener que ver a ningún empleado; más bien para que ningún empleado te viera a ti).
De modo que, una vez consumida nuestra hora y nuestras chicas, tuvimos que tirarnos de nuevo a la calle, al camino, a la senda, era más bien una senda embarrada. Tuvimos también que llevar a las chicas hasta la esquina más cercana a la casa de sus papás. Nos despedimos. Dijimos que volveríamos mañana, que nos habían gustado mucho, que casi nos estábamos enamorando (y si en parte fue verdad al principio, ya desde que supimos que carecían de alojamiento nuestro amor había ido mermando por minutos, pero no era cuestión de hacerles daño porque estuviéramos en una situación difícil).
-Ustedes mienten como buhoneros –dijeron ellas.
-No es verdad. Os queremos un poquito, en serio. Mañana a la misma hora, ¿okei?
-Estaremos.
Claro que estarían: no había otra maldita cosa que hacer en aquel poblacho inundado. ¿Y nosotros? ¿qué haríamos nosotros ahora que la luna ya estaba alta, la lluvia arreciaba y la rambla amenazaba con llevarse la furgoneta hasta el mar? Volvimos al bar donde habíamos conocido a las chicas. Ya no quedaban más. Tan sólo un par de rastas, absolutamente colgados y con cara de vinagre.
-¿Cómo estáis? –preguntó C., que tiene muy buen don de gentes.
-Good, always good –respondió uno de ellos en tópico religioso.
-Ustedes mienten como buhoneros –dijeron ellas.
-No es verdad. Os queremos un poquito, en serio. Mañana a la misma hora, ¿okei?
-Estaremos.
Claro que estarían: no había otra maldita cosa que hacer en aquel poblacho inundado. ¿Y nosotros? ¿qué haríamos nosotros ahora que la luna ya estaba alta, la lluvia arreciaba y la rambla amenazaba con llevarse la furgoneta hasta el mar? Volvimos al bar donde habíamos conocido a las chicas. Ya no quedaban más. Tan sólo un par de rastas, absolutamente colgados y con cara de vinagre.
-¿Cómo estáis? –preguntó C., que tiene muy buen don de gentes.
-Good, always good –respondió uno de ellos en tópico religioso.
El otro no dijo nada. Los dos tenían los ojos rojos con el color de la sangre diluida, como si les hubieran reventados los vasos sanguíneos de los clisos y se hubieran mezclado con lágrimas. Uno de ellos estaba justo debajo de una gotera y ni se inmutaba. El otro movía un pie… ¿tres milímetros? Arriba y abajo, al ritmo de Buffalo Soldier, que sonaba en el amplificador. Invitamos a un pote. El que se estaba duchando no aceptó; el otro sí, el rey del ritmo. Onda, dijo que se llamaba. Entre trago y trago, C. trabó con él una conversación que pretendía ser campechana y amistosa. Onda sonrió un par de veces, sin ganas, eso sí. En un momento dado, C. me consultó con la mirada y yo le hice una seña: sí, ahora.
-¿Tienes una casa donde podamos dormir? –le preguntó a Onda.
-Fuck you off.
Joder. Los negros del Caribe costarricense son bilingües y éste, además, ahorrativo. Le costaba demasiado esfuerzo mandarnos a tomar por culo; prefería el muchísimo más económico inglés. Pero no nos amilanamos. No teníamos otra cosa que hacer. En la furgoneta era imposible dormir: conducíamos una pick-up minúscula y en la cabina entraba agua porque se nos había roto el cristal del lado del conductor. Pedimos otro pote. Entre el ligoteo con las chavalas, el consumo en el motel, y los que estábamos pagando bajo aquellas tablas goteantes ya llevábamos unos cuántos. Qué más daba. Onda también se bebió su parte de este segundo, pero casi sin hablar. Se ensimismaba con la maría. Un tercero. Y habló. Poco a poco nos fuimos enterando de la situación.
Resulta que él no debería estar allí aquella noche. El otro pringado, el de la gotera, sí, porque no tenía sex-appeal, pero Onda no; Onda tenía atractivo para dar y tomar y nunca, nunca le fallaban las gringas. ¿De qué coño estaba hablando? ¿Qué gringas? Empezamos a sospechar que lo de la maría era una tapadera: aquel menda se metía algo más; y fuerte. Puede que sí, puede que no, pero al final su relato nos resultó comprensible. Resulta que, desde unos meses a esta parte, una agencia de viajes de la capital, de San José, organizaba excursiones en autocar para gringas, sobre todo estadounidenses y canadienses. Ya en su país compraban el paquete completo: vuelo a San José, visita a la capital (no tiene más monumento que sus mujeres), excursión al Caribe, en concreto al Parque Nacional de Cahuita ¡y! aventura: por unos pesos, Onda mencionó la cantidad, pero no la recuerdo, cuando las gringas se apeaban del bus ya estaban en la plaza del pueblo esperando los rastas: ellas les repasaban con la mirada, les evaluaban y las más decididas se acercaban a uno de ellos para hablar. Tras éstas, las demás se animaban. Por unos pesos, ya digo, contrataban al rasta y su cabaña (normalmente a unos metros de la playa blanca pero ya bajo las palmas) durante el fin de semana; incluía el pescado frito que el rasta pudiera pescar y una clase de reggae voluntaria. Lógicamente, también iba convenido el sexo. Pero ese día, Onda se había pasado con la grass y había llegado tarde. Todo el bus había contratado ya su fin de semana cuando él apareció en la plaza.
¡Mierda! Aquello era una bendición, me dije; y le dije a C.:
-Dile que le pagamos lo que le pague una gringa, pero que sólo nos quedaremos una noche.
C. hizo un par de chistes primero y luego le propuso el trato.
-Fuck you off!!!
Pero, coño, ¡qué más quiere este menda? Se me ocurrió que a lo mejor se estaba confundiendo:
-Sin sexo –le dije.
-Pero con pescado frito –añadió C.
A Onda se le iluminó la cara. It’s a deal. Nos golpeamos las manos de una forma complicada. Estaba exultante. No iba a echar a perder el week end. Se hizo un canuto del tamaño de un plátano para celebrarlo. Cuando terminó de fumar salimos del tugurio.
Con otros dos potes en el bolsillo cada uno caminamos bajo la lluvia y en plena oscuridad hacia su cabaña. Sólo el sonido del mar nos señalaba dónde estaba el límite: a la izquierda.
Por fuera, la cabaña parecía frágil y miserable; por dentro, ya he dicho que las ráfagas furiosas de viento te hacían comprender que era mucho más sólida de lo que parecía, bien hundidos los palos en la arena blanca, bien clavadas las tablas, bien entramadas las hojas de palma del techo; en lo miserable parecía igual por dentro que por fuera. Tenía una mesa de madera basta, sin pulir, dos sillas a juego y un colchón inflable de camping que no sé cómo coño Onda había llenado de agua de mar; para freír el pescado, un camping gas, la iluminación a velas.
Ninguno hablamos mientras el pescado se freía hasta quedar negro, pero negro (Onda le tenía pánico a las intoxicaciones piscícolas). Ni tampoco pronunciamos más de dos o tres palabras mientras lo comíamos. Al terminar, Onda fue a lavar los platos a la playa; volvió en tres minutos contados, se hizo otro canuto y apagó las velas.
-Me tiro a las gringas en seguidita, para ahorrar en velas. No voy a hacer excepciones –y se tumbó en su cama de agua como un marajá.
No podías verte las manos. A nosotros no nos importó tanto como pueda parecer: cada uno teníamos bien agarrado nuestro pote de ron y el suelo de arena de la cabaña estaba completamente seco: no había que andar buscando un lugar para tumbarte. De repente Onda volvió a hablar.
-Las mujeres no tienen tanto interés en el sexo como en dormir abrazadas, sentirse protegidas en la oscuridad; quieren que les pases un brazo por debajo del sobaco y el otro por encima de la cintura, como en un cuarenta y cuatro. Eso es lo que quieren las mujeres.
-Eso también lo pueden hacer con sus maridos o sus novios o lo que tengan.
-No –contesto Onda muy seguro-. Allí no tienen suficiente oscuridad. Y, además, sus maridos o novios o lo que tengan se dan la vuelta en seguida. No las protegen. Más que bodas, más que niños incluso, lo que quieren las mujeres es protección para toda la vida.
-Alguna que yo conozco te partiría la cara si te oyera decir cosas así –dije yo.
-No cuando se sintiera abrazada de verdad en esta oscuridad y bajo esta lluvia. Me comprendería. Hasta ahora todas me han comprendido.
-A lo mejor es porque les cocinas y les friegas los cacharros.
-Que no, coño. Muchas se ofrecen para hacerlo. Y se ríen. Dicen que llevan toda la vida discutiendo con sus maridos por quién friega los cacharros de la cena y que aquí, que pagan, les gusta hacerlo. Quieren que las abraces. Yo creo que se sienten eternas si las abrazas con talento en la oscuridad.
-Yo no tengo ese talento –dije yo.
-Por eso eres un asshole y tienes que dormir sobre el suelo de tierra.
No volvió a hablar: le escuchábamos susurrar de vez en cuando, no sé si rezando o si haciendo chistes impulsado por la maría. A veces reía. C. y yo no nos veíamos pero los dos sabíamos que el otro estaba despierto. Cuando la respiración de Onda se hizo absolutamente regular y profunda, C. comenzó a contar su suceso.
-¿Sabes por qué se me ha quedado el pelo tan gris?
Yo ya lo había notado, claro. Me estaba esperando en el aeropuerto cuando llegué y, al primer golpe, no le reconocí. Tanto había cambiado. Con elegancia, no quise comentarlo. Y él tampoco lo había hecho hasta ahora. Llevábamos como una semana dando tumbos por las carreteras y las ciudades costarricenses. De vez en cuando, mientras C. iba conduciendo, me fijaba en su pelo y en las patas de gallo. Había envejecido diez en el uno y medio que no nos habíamos visto.
-No han sido los años los que me han encanecido –dijo C. como si estuviera leyendo mis pensamientos-. Ni es genético. Mi padre se murió a los setenta y tantos con el pelo más negro que Onda.
Continué en silencio. Era C. quien quería hablar; que hablara.
-Han sido esos putos indios, los cunas –dijo, aunque no estoy muy seguro del nombre de los indios.
Hubo un momento en que sí supe el nombre de esa tribu, o federación, que le llaman ahora: yo mismo fui quien destiné a C. a ese trabajo entre los “cunas”, en una tierra infame en lo más profundo de Honduras. Año y medio pasó entre ellos, viviendo como ellos (C. era sociólogo con especialidad en antropología social), caminando más de dos horas para encontrar un huevo fresco y más de tres para beber una cerveza fría. Año y medio durmiendo, como aquí, sobre suelo de tierra, en una cabaña. Pero se suponía que a él le gustaba eso. Ya había pasado otro año con otros indios en la selva impenetrable que une, o separa, Costa Rica de Panamá. Y había terminado muy contento: hizo dos amigos inseparables, para toda la vida, como los de la mili: un indio y su caballo; los tres hablaban largas horas los sábados, cuando el ron corría como un torrente. ¿Qué cojones podría haberle pasado en Honduras?
-Estoy orgulloso de lo que hice –dijo C.-, pero tendrías que ver la cara de las tías cuando les digo que tengo sólo 38 años. No me creen. Piensan que soy un viejo mentiroso. Pero eso sí, nunca se lo he contado a nadie, pero estoy orgulloso. Fue como renacer, como renacer convertido en viejo.
(CONTINUARÁ).
-¿Tienes una casa donde podamos dormir? –le preguntó a Onda.
-Fuck you off.
Joder. Los negros del Caribe costarricense son bilingües y éste, además, ahorrativo. Le costaba demasiado esfuerzo mandarnos a tomar por culo; prefería el muchísimo más económico inglés. Pero no nos amilanamos. No teníamos otra cosa que hacer. En la furgoneta era imposible dormir: conducíamos una pick-up minúscula y en la cabina entraba agua porque se nos había roto el cristal del lado del conductor. Pedimos otro pote. Entre el ligoteo con las chavalas, el consumo en el motel, y los que estábamos pagando bajo aquellas tablas goteantes ya llevábamos unos cuántos. Qué más daba. Onda también se bebió su parte de este segundo, pero casi sin hablar. Se ensimismaba con la maría. Un tercero. Y habló. Poco a poco nos fuimos enterando de la situación.
Resulta que él no debería estar allí aquella noche. El otro pringado, el de la gotera, sí, porque no tenía sex-appeal, pero Onda no; Onda tenía atractivo para dar y tomar y nunca, nunca le fallaban las gringas. ¿De qué coño estaba hablando? ¿Qué gringas? Empezamos a sospechar que lo de la maría era una tapadera: aquel menda se metía algo más; y fuerte. Puede que sí, puede que no, pero al final su relato nos resultó comprensible. Resulta que, desde unos meses a esta parte, una agencia de viajes de la capital, de San José, organizaba excursiones en autocar para gringas, sobre todo estadounidenses y canadienses. Ya en su país compraban el paquete completo: vuelo a San José, visita a la capital (no tiene más monumento que sus mujeres), excursión al Caribe, en concreto al Parque Nacional de Cahuita ¡y! aventura: por unos pesos, Onda mencionó la cantidad, pero no la recuerdo, cuando las gringas se apeaban del bus ya estaban en la plaza del pueblo esperando los rastas: ellas les repasaban con la mirada, les evaluaban y las más decididas se acercaban a uno de ellos para hablar. Tras éstas, las demás se animaban. Por unos pesos, ya digo, contrataban al rasta y su cabaña (normalmente a unos metros de la playa blanca pero ya bajo las palmas) durante el fin de semana; incluía el pescado frito que el rasta pudiera pescar y una clase de reggae voluntaria. Lógicamente, también iba convenido el sexo. Pero ese día, Onda se había pasado con la grass y había llegado tarde. Todo el bus había contratado ya su fin de semana cuando él apareció en la plaza.
¡Mierda! Aquello era una bendición, me dije; y le dije a C.:
-Dile que le pagamos lo que le pague una gringa, pero que sólo nos quedaremos una noche.
C. hizo un par de chistes primero y luego le propuso el trato.
-Fuck you off!!!
Pero, coño, ¡qué más quiere este menda? Se me ocurrió que a lo mejor se estaba confundiendo:
-Sin sexo –le dije.
-Pero con pescado frito –añadió C.
A Onda se le iluminó la cara. It’s a deal. Nos golpeamos las manos de una forma complicada. Estaba exultante. No iba a echar a perder el week end. Se hizo un canuto del tamaño de un plátano para celebrarlo. Cuando terminó de fumar salimos del tugurio.
Con otros dos potes en el bolsillo cada uno caminamos bajo la lluvia y en plena oscuridad hacia su cabaña. Sólo el sonido del mar nos señalaba dónde estaba el límite: a la izquierda.
Por fuera, la cabaña parecía frágil y miserable; por dentro, ya he dicho que las ráfagas furiosas de viento te hacían comprender que era mucho más sólida de lo que parecía, bien hundidos los palos en la arena blanca, bien clavadas las tablas, bien entramadas las hojas de palma del techo; en lo miserable parecía igual por dentro que por fuera. Tenía una mesa de madera basta, sin pulir, dos sillas a juego y un colchón inflable de camping que no sé cómo coño Onda había llenado de agua de mar; para freír el pescado, un camping gas, la iluminación a velas.
Ninguno hablamos mientras el pescado se freía hasta quedar negro, pero negro (Onda le tenía pánico a las intoxicaciones piscícolas). Ni tampoco pronunciamos más de dos o tres palabras mientras lo comíamos. Al terminar, Onda fue a lavar los platos a la playa; volvió en tres minutos contados, se hizo otro canuto y apagó las velas.
-Me tiro a las gringas en seguidita, para ahorrar en velas. No voy a hacer excepciones –y se tumbó en su cama de agua como un marajá.
No podías verte las manos. A nosotros no nos importó tanto como pueda parecer: cada uno teníamos bien agarrado nuestro pote de ron y el suelo de arena de la cabaña estaba completamente seco: no había que andar buscando un lugar para tumbarte. De repente Onda volvió a hablar.
-Las mujeres no tienen tanto interés en el sexo como en dormir abrazadas, sentirse protegidas en la oscuridad; quieren que les pases un brazo por debajo del sobaco y el otro por encima de la cintura, como en un cuarenta y cuatro. Eso es lo que quieren las mujeres.
-Eso también lo pueden hacer con sus maridos o sus novios o lo que tengan.
-No –contesto Onda muy seguro-. Allí no tienen suficiente oscuridad. Y, además, sus maridos o novios o lo que tengan se dan la vuelta en seguida. No las protegen. Más que bodas, más que niños incluso, lo que quieren las mujeres es protección para toda la vida.
-Alguna que yo conozco te partiría la cara si te oyera decir cosas así –dije yo.
-No cuando se sintiera abrazada de verdad en esta oscuridad y bajo esta lluvia. Me comprendería. Hasta ahora todas me han comprendido.
-A lo mejor es porque les cocinas y les friegas los cacharros.
-Que no, coño. Muchas se ofrecen para hacerlo. Y se ríen. Dicen que llevan toda la vida discutiendo con sus maridos por quién friega los cacharros de la cena y que aquí, que pagan, les gusta hacerlo. Quieren que las abraces. Yo creo que se sienten eternas si las abrazas con talento en la oscuridad.
-Yo no tengo ese talento –dije yo.
-Por eso eres un asshole y tienes que dormir sobre el suelo de tierra.
No volvió a hablar: le escuchábamos susurrar de vez en cuando, no sé si rezando o si haciendo chistes impulsado por la maría. A veces reía. C. y yo no nos veíamos pero los dos sabíamos que el otro estaba despierto. Cuando la respiración de Onda se hizo absolutamente regular y profunda, C. comenzó a contar su suceso.
-¿Sabes por qué se me ha quedado el pelo tan gris?
Yo ya lo había notado, claro. Me estaba esperando en el aeropuerto cuando llegué y, al primer golpe, no le reconocí. Tanto había cambiado. Con elegancia, no quise comentarlo. Y él tampoco lo había hecho hasta ahora. Llevábamos como una semana dando tumbos por las carreteras y las ciudades costarricenses. De vez en cuando, mientras C. iba conduciendo, me fijaba en su pelo y en las patas de gallo. Había envejecido diez en el uno y medio que no nos habíamos visto.
-No han sido los años los que me han encanecido –dijo C. como si estuviera leyendo mis pensamientos-. Ni es genético. Mi padre se murió a los setenta y tantos con el pelo más negro que Onda.
Continué en silencio. Era C. quien quería hablar; que hablara.
-Han sido esos putos indios, los cunas –dijo, aunque no estoy muy seguro del nombre de los indios.
Hubo un momento en que sí supe el nombre de esa tribu, o federación, que le llaman ahora: yo mismo fui quien destiné a C. a ese trabajo entre los “cunas”, en una tierra infame en lo más profundo de Honduras. Año y medio pasó entre ellos, viviendo como ellos (C. era sociólogo con especialidad en antropología social), caminando más de dos horas para encontrar un huevo fresco y más de tres para beber una cerveza fría. Año y medio durmiendo, como aquí, sobre suelo de tierra, en una cabaña. Pero se suponía que a él le gustaba eso. Ya había pasado otro año con otros indios en la selva impenetrable que une, o separa, Costa Rica de Panamá. Y había terminado muy contento: hizo dos amigos inseparables, para toda la vida, como los de la mili: un indio y su caballo; los tres hablaban largas horas los sábados, cuando el ron corría como un torrente. ¿Qué cojones podría haberle pasado en Honduras?
-Estoy orgulloso de lo que hice –dijo C.-, pero tendrías que ver la cara de las tías cuando les digo que tengo sólo 38 años. No me creen. Piensan que soy un viejo mentiroso. Pero eso sí, nunca se lo he contado a nadie, pero estoy orgulloso. Fue como renacer, como renacer convertido en viejo.
(CONTINUARÁ).
Lo siento but I'm tired, exhausted, no puedo más. Y así os doy más vidilla. Prometo terminarlo mañana (o al otro). Un beso a todos, si hay alguien ahí.














No hay comentarios:
Publicar un comentario