miércoles, 20 de junio de 2007

Un gap

Ya sé que había prometido escribir sobre el viaje a Surinam y mostrarlo. Pero deberemos esperar. No tengo muy claro cómo exponerlo, porque en realidad lo más interesante fue el viaje en sí y, claro, en una furgoneta por carrreteras de tierra y con los baches de la estación lluviosa han salido la mayoría más que movidas. Tengo que recomponer la estructura de lo que pensaba contar y enseñar. Mientras tanto os voy a poner una foto conmovedora y un cuento que escribí hace ya muchos años en República Dominicana. No es el cuento prometido, que será de nuevo cuño, es sólo eso un gap en el tiempo.



Estos dos son un padre y un hijo que duermen en la calle. El chaval, el del muslo, debe tener entre los diez y los doce años; el padre unos treinta. Como véis, tienen muy bien cogida la postura y duermen hasta tarde; la foto está tomada a las siete y media de la mañana, cuando ya el sol castiga duro en Georgetown. No me atreví a hacerles una más de cerca y más centrada; me parecía una falta de respeto. Pero, aún así es ilustrativa. No tienen mal aspecto y el chaval está fuerte y lustroso, como se ve por su pierna. El padre está un poco más cascadete; debe beber más de la cuenta. Así viven.

Y ahora el relato, que he titulado AURORA:

No me atrevo a abrir los ojos porque sé que la primera luz del alba acuchillará ya las paredes de cartón de la cabaña. Huele a húmedo algodón la sábana barata. La cama, que no puede llamarse cama... el colchón, en parte mutilado, yace goteado y confuso sobre el piso; y mi mano derecha, que se ha caído, se arrastra en tierra: no tiene piso de cemento la casucha. Mi mano izquierda, hormigueando dormida, quedó bajo mi frente, dolorida ahora, alegre anoche.

Trato de recordar con quién me vine o quién me trajo, para ser exacto. Las voces que escucho me dan una pista, que no logro descifrar. Escucho voces de mujeres enfadadas ya en la aurora: los niños se hacen los remolones y no quieren levantarse. Ellas tienen que ir a trabajar y llegarán tarde si no se alzan. Gritan las madres.

-¡Claro! Cómo anoche esos dos nos tuvieron despiertos hasta el día...

No me queda más remedio que recordar: gritos, jadeos, gritos muy altos... ella se corrió, yo no. Pero casi estoy seguro de que me gustó. Me gustó esa negra, sí. Coño, ¿y adónde está ahora? Debería dormir a mi lado. Joder qué alaridos daba la tía... Era como una rata dispuesta a atemorizar cualquier forma de vida presente. Las mujeres del ensanche estaban enfadadas y con razón.

Huele también a hembra la cama y a guisado el ambiente, a sancocho de res, lo más probable. Ni soñar con café, me dije: no en esta chabola de suelo de tierra y en un ensanche en el que las mujeres ya gritan con la aurora. No hay café. Tenía la boca pastosa, con hebras tupidas, como liga, casi correosas. Necesitaba un café. Pero no tenía fuerza para alzarme. Cerré los ojos para esperar que algo sucediera. Ni recordaba la cara de la mujer que me llevó allí.

Aún con los ojos cerrados noté como la luz rompía con violencia en un instante la penumbra. Sin ruido, sin el chirriar de un gozne. Tampoco tenía puerta aquella casa. Una cortina, apostaría. Entró con la luz algo de viento, caliente ya a esa hora, y los pasos queditos de la chica llegaron hasta muy cerca. De mí. Y con ella creció el aroma del sancocho y, no podía creerlo, el olor inconfundible de la coca-cola.

Me moví un poco. Quería que supiera que podía despertarme si lo deseaba. Yo sí deseaba abrazarla de nuevo, besarla... pero mi boca debía ser un vertedero, la puerta abierta al mundo de un vertedero, por lo menos. Aproveché para subir la mano a la cama: mientras percibía los movimientos y olores que detallo una imagen repugnante corría en paralelo por mi mente: mi mano a punto de ser picada por una araña, o regada por el moco de un caracol, o recorrida por los pequeños, múltiples y ágiles pasos de una cucaracha. Todo es posible en los pisos de tierra. Recuerda volcar los zapatos antes de calzarte, me dije, aunque ya preveía que, como en la práctica totalidad de resacas descalzas, olvidaría hacerlo llegado el momento. (Alguna noche en otro tiempo, en otro país, la premonitoria borrachera había convocado imágenes tan precisas y alarmantes que no dudé en dormir calzado, follar calzado y proferir tras el coito tiernas frases amorosas sin otra prenda encima que mis botas Panamá Jack de piel rosácea).

-Aquí está el desayuno, mi rey.

-Gracias. Huele bien.

-Es caldo de res. Y coca.

Un plato y un cacillo de metal con el asa atornillada.

-Dame la coca-cola.

-Deberías comer algo de caldo antes. La coca cola no es buena en ayunas.

-¿Y el ron de anoche sí lo es?

-Lo pasamos bien -responde con calma, pero ya ha notado que soy otro esta mañana.

-¿Queda ron?

-Nada. ¿Quieres que vaya a buscar?

-Anoche no teníamos ni un peso.

-Ahora tampoco.

-¿De dónde has sacado el desayuno?

-Fiado –me dice sin recalcar la palabra. Ni siquiera le han fiado una botella de coca cola llena: una pinta de coca cola para el amado.

-El Pulpo nos dejó ayer un montón de plata –le digo.

-¡Bah! Cincuenta pesos.

-¿Crées que vendrá a buscarlos?

-Dormirá hasta tarde. Confía en ti.

-No me conoce.

-Ya sí.

El Pulpo es un motorista, un motoconchero, que gana muy pocos pesos al día. Cincuenta deben ser mucho. Es verdad que yo anduve pagando toda la tarde, pero es lo normal, ¿no? Lo que se espera de un guiri. Más inesperado resulta que el propio guiri, encandilado por una muchacha, siga pidiendo prestado para emborracharse y emborracharla.

-¿Tienes teléfono?

-¿Aquí?

Ríe. Su risa atruena la cabaña y el barrio. Fuera otras risas corean. Por primera vez en veinticuatro horas pienso que puede ser puta. No ha hecho la mínima insinuación. Y me odio por pensarlo. Me ha traído el desayuno, ha pedido fiado para que yo desayune. Sabe que no tengo plata. Cero pesos. Deudas con gente de su barrio. ¿Cómo va a ser puta?

-¿Tú no desayunas? -le pregunto.

-Ya he tomado un café en el colmadito.

Falso. Su aliento continúa oliendo a ron y a mí. Sólo yo desayunaré de fiado.

-No me apetece el caldo. Con la coca me vale. Cometelo tú –insisto.

-Mira como te tiemblan las manos. Come. Sobre todo esa grasa que flota en el caldo. ¡Menuda pinta tiene! Si yo no hubiera desayunado ya...

Trata de mantener el engaño y sus ojos negros brillan ahora más que anoche. Quiere verme comer y supongo por qué: quiere ver desayunar a un hombre aún sin levantar de su cama, en su propia cabaña. Necesita sentirse acompañada, aunque sea por un instante, aunque sea una ilusión, aunque caduque.

Sentada en el suelo me mira con una sonrisa que yo querría conservar en mí, acompañándome, querría que esa sonrisa me acompañara ya para siempre.

Vilma, me dice que se llama Vilma, me abraza justo antes de que yo vaya a hundir la cuchara, ligera y deslustrada cuchara, en el cuenco. Ayer follé sin condón, grita mi cerebro. El temblor de mis manos aumenta. Tengo que controlarlo, pero no me atrevo a beber de la coca por si derramo todo el contenido del cazo. Sonríe una vez más y ella misma levanta el cuenco del caldo y me lo lleva a los labios. Noto de inmediato el beneficio del calor y la sustancia en mi cuerpo. Iba a decir "te quiero", pero no supe muy bien por qué.

Con engaño, hablando del sol y de la fuerza que derrama, la llevé hasta la plaza polvorienta del pueblo y, cuando vi la cabina de teléfono, la besé, con lengua, en la boca, en el cuello. Me respondió. No parecía importarle que todos aquellos haraganes que se apoyaban en las columnas de madera de los soportales, los que se sentaban sobre barriles de cerveza, los que apoyaban el culo en el asiento herido de sus motocicletas la vieran besando a un blanco extranjero. De modo que... no le importaría pedir por mí veinticinco centavos para una llamada. Se lo rogué, lo hizo, llamé a Juan. En menos de media hora mi amigo entraba en la plaza con su coche. Sin apenas palabras me despedí y subí al carro. La negra quedó junto a la fuente. Hasta que se hizo pequeñita, pequeñita. Nos habíamos querido sin condón y jamás la volvería a ver. Ella tenía uno sus caninos roto, partido por la mitad. Es todo lo que recordaré de por vida.

That's all, folks. Un beso.