martes, 19 de junio de 2007

Final de Canas y Barro.

Por fin, queridas y queridos, acabo de terminar Canas y Barro y vuelvo al comienzo de la entrada para dar esa buena noticia (aunque supongo que, gracias a mi vaguería y subsiguientes vaciedades, a nadie le ingteresará ya ese final; puede que ni siquiera os acordéis de que os debía un final). Ya os lo recordaré via correo electrónico.

Sólo pedir que disculpéis las probables reiteraciones, los olvidos, el mal gusto en el estilo y las contradicciones que todo escrito a vuelapluma presenta.

Antes del cuento una foto del viaje a Surinam: La orilla que se ve al fondo, muy lejos porque el río era enorme aunque no lo parezca, es Surinam. La estructura que se adivina detrás de mí el ferry que nos llevaría finalmente hasta allí, hartos de esperar.














Mañana el blog irá sobre el viaje a Surinam. Y prometo escribir un cuento mucho mejor. También basado en hechos reales pero con más elaboración, sin vuelaplumas. Pensado y corregido (¿saldrá mejor?). Lo veremos en el próximo episodio.

Seguro que ya nadie se acuerda y aunque se acuerde no le interesa el asunto de por qué a mi amigo C. le salieron canas en una noche, casi ni me interesa a mí recordarlo, pero de vez en cuando siento un pinchazo en la conciencia y al tiempo oigo una voz que me dice que no he dejado un cuento sin terminar y encima un cuento “publicado” (mi conciencia no es tan severa cuando el cuento no está “publicado”, como lo demuestran las decenas de manuscritos que tengo sin terminar. Sea como sea, para los vagos que no quieran ir a anteriores entradas del blog, ahí van las últimas palabras de la entrega anterior. Sólo recordar que las decía C.:

“La verdad es que no tardé mucho en encontrarles: a dos manzanas de mi casa vi un tumulto; me abrí paso entre los curiosos, cuando llegué al centro encontré al jefe tirado en el suelo en una postura imposible (un brazo le quedaba justo en la espalda, con la mano en el sitio en el que no alcanzas a rascarte; y una pierna formaba un ángulo recto con su cadera) y al subjefe arrodillado en el suelo llorando y rezando. Al presidente de la recién creada federación, al jefe de los cunas, le había atropellado un autobús de tamaño mediano. Estaba tan muerto como el amor que sentí por mi segunda novia.

C. quedó en silencio durante unos minutos. Supongo que pensaría en su primera novia o en otra cuyo amor no estuviera todavía muerto… si es que los hombres, o al menos los hombres que cumplimos entre los cuarenta y los cincuenta el año 2000, podemos amar.

-Sigue –le dije-, eso ya lo has pensado cien veces.
-Cada día. No hay día de mi vida en que no piense en alguna de ellas. Siempre con dolor, tío, a veces con rabia, a veces con culpa, pero siempre con dolor.
-Dale, coño, ¿por qué te quedaste cano?
-La mitad de los gordos que ves por ahí, la mitad de los calvos, la mitad de los canos, lo son por una mujer. Ojo, no digo por culpa de una mujer, digo por una mujer. A la que creyeron querer y ella les demostró que no era así, que no la querían, que la necesitaban, la deseaban, pero no la querían. Una o varias. Algunos no aprenderemos jamás. Sólo nos damos cuenta de lo que tenemos cuando lo perdemos.
-Eso es sabiduría popular y la tenemos prohibida en nuestra religión.
-Ésa es la verdad.

Ya se sabe lo que es un canuto de maría. A veces piensas con sentido. Le cambié el rollo.

-O sigues con lo de los indios o me duermo junto a mi cucaracha.
-Llamé a una ambulancia superflua. Y luego a la policía. El subjefe, que venía todo el tiempo detrás de mí como un perrito, llorando, arañándose la cara y los brazos, rasgándose la camisa, desapareció en cuanto le dije que teníamos que ir a comisaría a prestar declaración. Se largó como un cherokee de las películas, con sigilo y eficacia. En un momento creía que seguía a mi espalda con sus rituales y al siguiente ya no estaba allí. Salí a buscarle. No lo encontré. Presté la declaración yo solo. Sin problemas. Un atropello. Muerte accidental con el conductor dado a la fuga. Puede usted marcharse.

“¿Adónde?”, les pregunté. El cabo me contestó: “a devolver el cadáver a su pueblo”. Coño, no había tenido tiempo de pensarlo. Había que llevarse al muerto y a su pueblo. Y en ese momento se me pasó por la cabeza: “por eso ha desaparecido el subjefe, para no dar la cara con el cadáver”. ¿Y yo qué? Se me ocurrió presentarme en la institución indigenista a la que pertenecía y pedir consejo y, en su caso, un todo terreno para llevarme al muerto. En la institución, su propio director, me aconsejó que no volviera jamás a ese pueblo y que, si continuaba en Tegucigalpa, andara con ojos en la espalda. Para la tribu yo iba a ser el responsable de la muerte del jefe: yo lo había sacado del pueblo, yo lo había traído hasta la muerte. Muchos pedirían venganza. El propio subjefe podía aprovechar la circunstancia para, azuzando a la gente contra mí, obtener apoyos para su posible jefatura. Desde luego, él, el director, no volvería jamás. “Pero así sí que pensarán que yo he tenido algo que ver”. “Que piensen lo que quieran, me contestó, mientras no te encuentren…”. “Présteme un toyota hilux”, le dije.

“No podía dejar creer que yo había tenido alguna responsabilidad y menos, no sé por qué, no sé si volvería a hacerlo, pero menos iba a dejar de dar la cara y tratar de contar la verdad. “Con un chófer”, me contestó el director. “Yo solo puedo llevarlo, no hace falta que nadie más venga”. Y el director: “Si no va nadie contigo, ¿quién me devolverá el hilux?”. Estaba visto que el tipo no daba un peso por mi vida. Tenía cojones la cosa, ¿no?

-¿Volviste?
-Como un señor. Con el muerto pegando botes en la pick-up del toyota. Y un chófer que se cagaba más y más según íbamos acercándonos al territorio cuna. Y cada vez que el miedo le acudía, se sacaba un peine del bolsillo de la camisa, me pedía que sujetara el volante y se peinaba. Al final llevaba el pelo bien lisito y pegadito al cráneo por el sudor y el constante peinado. Y eso que era un mulato oscuro con pelo malo.

“Yo también empecé a sudar cuando cruzamos las primeras aldeas de los cunas. En un principio no sabía por qué, pero notaba el ambiente raro, no amenazador, raro. Esa extrañeza terminó a medida que nos acercábamos a la aldea en la que el jefe había vivido. Entonces supe lo que no había sabido comprender: no se veían mujeres y sí muchos hombres por los senderos en dirección a la aldea del jefe: todos los que no eran mancos con una botella de aguardiente de caña en la mano izquierda y un machete en la derecha; en el caso de los zurdos era al revés. La reunión era en la aldea. ¿Quién les había avisado de que llegábamos? Ni puta idea. Tal vez el director de la institución; tal vez desde las primeras aldeas del territorio: el cadáver del jefe era bien conspicuo descoyuntándose en la caja del hilux.

“Cuando por fin llegamos a la aldea principal la asamblea ya estaba montada. Al ver el coche fúnebre se callaron. Tengo que decir que nadie me dijo nada, ni una palabra, ni de odio ni de apoyo ni siquiera de curiosidad. Los hombres se acercaron al carro y con mimo bajaron a su jefe. Me extrañó que su primogénito, el de las rayban, los levis y las nike no estuviera por allí. Yo trataba de explicarles pero… no me hacían caso, como si no existiera. Pregunté por el subjefe: “¿Ha vuelto?”. Un niño, sólo un niño asintió con la cabeza. Tampoco el subjefe estaba a la vista: no quería confrontar su versión, cualquiera que hubiere sido, a la mía. Los hombres seguían con los machetes y empinando las botellas de aguardiente. Rápidamente hicieron un altarcito que rodeaba la cabeza del cadáver. Luego me rodearon. Parecía que, una vez ritualizado el óbito, si tenían interés en mi explicación. La recomencé. La conté entera. La verdad. Alcé ante todos el atestado de la policía en el que explicaba la muerte accidental y el conductor dado a la fuga. Seguían sin dar su parecer, aunque entreví miradas nerviosas y que no se dirigían a mí sino a algún lugar de los alrededores de la aldea. Todos esperaban que algo viniera de fuera y sucediera lo que tenía que suceder. En parte por confraternizar, en parte por verdadera sed, pedí una botella de aguardiente. Me la dieron y bebí. Un trago largo, largo, ardiente. Luego otro más pequeño, como un chupito, y luego tiré algo de aguardiente al suelo para los dioses. Todo correcto. Pero seguían sin hablar y rodeándome. ¿Qué coño más querían? Saludé a algunos que conocía con mayor profundidad, algunos que se habían emborrachado conmigo y con gusto varias veces, les di mi más sentido pésame y me dirigí hacia donde estaba la pick-up con el chófer esperándome. Claro, no me estaba esperando. Se había pirado al ver el aguardiente y los machetes. Al no ver mujeres. Se había pirado porque se había pirado: para dejar de repeinarse. Estaba solo. Los hombres venían tras de mí; allá donde yo me moviera, me seguían y si me paraba me rodeaban en silencio. Empezó a llover con fuerza.

“Por eso en un primer momento atribuí a las lluvia un murmullo creciente que parecía acercarse. Algo parecido a los que sucede cuando en un partido de fútbol el público ve cómo va cuajando una jugada. Comienza con un débil rumor involuntario, fruto de la exaltación, de los nervios, y luego se convierte en un griterío voluntario y vibrante. En esta última fase comprendí que no era la lluvia, o no era sólo la lluvia, eran los hombres que me rodeaban los que miraban hacia un punto concreto y emitían el rumor y luego el griterío. Como cuando corres en San Fermín, de repente vi que los hombres se abrían, que dejaban un pasillo, aunque yo no podía ver a qué le daban paso. Solamente cuando estaba a diez metros de mí supe de qué iba: el hijo del jefe, con sus ray-ban corría hacia mí machete y botella en mano. Los hombres se apartaban. Traía el machete alzado; el filo brillaba con la lluvia; hasta la herrumbre brillaba con color de minio. Venía a cortarme con el machete. Quizá se conformaría con cortarme un brazo.

“No voy a decir que no pensé en correr. Claro que lo pensé. Brevemente. En carrera, el indio me alcanzaría en menos de veinte metros y el tajo me lo daría en la espalda. No podía hacer otra cosa que esperar el golpe y tratar de evitarlo, aunque yo sabía que es imposible evitar el corte de un machete con las manos vacías, quizá con una bolsa que hubiera podido llevar en la mano, con un palo, con algo. Pero con las manos vacías el primer corte era seguro. Y aguanté. El indio estaba a un metro; el machete a punto de caer y yo ni siquiera sabía hacia dónde tiraría la estocada. No me pasó la vida por la cabeza en un segundo como en una película, si bien sí es verdad que me acordé de una novia que tuve y a la que, en secreto, seguía esperando. Ya ves tú lo que son las cosas, iba a morir o, al menos, a quedar cercenado, inválido, y me acuerdo de una novia, ya casada con otro, a la que siempre predije un mal matrimonio y de la que siempre esperé una rectificación y su regreso. Eso es lo que pensé antes de morir o algo que se le parecería bastante.

“Lo demás ya no es para contarlo. No puedo contarlo. No doy la talla. No doy la tensión. Eso sí, no cerré los ojos. El hijo del jefe iba a consumar su venganza… justa. Para él, claro.

“Sólo en el ultimo segundo, con el machete ya bajando y dirigido hacia mi brazo derecho, un hombre, unos de mis compañeros de borrachera habitual empujó al heredero del muerto, que cayó al suelo. Llevaba una trompa de campeonato. Intentó levantarse varias veces, siempre en silencio, y terminó dejándolo por imposible. Se quedó durmiendo en el suelo. Entre varios lo levantaron y se lo llevaron a su casa. Respiré. Pero no podía irme. Quizá hubiera debido ponerme a caminar hasta una aldea lejana, en la noche, y esperar allí un transporte hasta Tegucigalpa. Y eso hubiera sido la confirmación de mi culpa y mi miedo. No podía pirarme, como me aconsejaban. Me fui a mi cabaña con una botella de aguardiente y me senté en un rincón, a esperar que el hijo del jefe despertara de su tajada y volviera. No pude pirarme, te lo juro. Era como si hacerlo significara terminar conmigo mismo. Ser un cobarde para siempre. Me quedé. La noche en vela, bebiendo (recuerdo que pensaba que por lo menos serviría de anestésico si volvía para cortarme). Casi ocho horas hasta que amaneció. Después supe que un par de hombres habían montado guardia ante mi cabaña toda la noche para evitar mi asesinato. Por la mañana, me miré en el único espejo que tenía: el viejo tapacubos de un coche. Noté algo raro, pero lo achaqué a la inexactitud de mi espejo. A media mañana recogí mis cosas, muy pocas, una bolsa de deporte de las medianas y me fui a vivir a una aldea como a unos veinte kilómetros. Sólo dos meses después solicité el traslado, ¿te acuerdas?

Sí, claro que me acordaba de su solicitud de traslado, pero había argumentado una enfermedad, una alergia a una planta que crecía en todo el territorio cuna. Jamás había contado ni una palabra y, supongo, había impedido que lo contara el director de la institución indigenista. El traslado le fue concedido.

-¿Te quedaste cano esa noche? –pregunté.
-Supongo. Sólo lo supe cuando conseguí en un bar un espejo, una semana después. Mi pelo estaba gris, casi uniforme. Después he recuperado mi color en algunas raíces.

Onda rugió: quería que cesara la charla. Callamos. Onda rugió: quería saber quién había cogido su bolsa de plástico con la marihuana a la que habitualmente se abrazaba mientras dormía. C. le aseguró que le pagaría al día siguiente y bien. Yo protesté: en el precio que les hacía a las canadienses entraba la marihuana.

-Pero vosotros sois unos pendejos –dijo Onda y alegre sabiendo que cobraría volvió a dormir profundamente.

No volvimos a hablar de eso jamás. Aunque también es verdad que ahora tampoco nos vemos mucho. ¿Es posible que todos nos acordemos de una novia en el momento de la muerte? Pensando en eso me quedé dormido.

Fin Canas y barro.