Estoy dándole vueltas a la posibilidad de continuar con el blog. Ya no se referiría a la Guyana, ni se basaría en las fotos, claro. Y me pregunto yo... en ese caso, ¿qué coño tengo yo que contar? Me lo pensaré.
Esta entrada de hoy será la última de la serie guyanesse. Va a ser como un cajón de sastre, pero creo que hay algunas fotografías que valen la pena. Véase si no la siguiente: el cartel está colgado a la puerta de un ministerio y no deja nada a la imaginación. ¿O sí? ¿Podrían tal vez haber insistido en el estado de nuestros calcetines? Por ejemplo: prohibido entrar con tomates en los talones. Quizá. Es una idea. Les escribiré por si tienen a bien incluirlo en el código de indumentaria, que es como se llama esta normativa:
¡Coño, ahora me acuerdo que ayer prometí mostrar un poco el poblado indígena! Pues si lo prometí, lo enseño. No tiene nada de especial y a lo que menos se parece es a un poblado indígena de los de la tele; aquí las casas están dispersar en un buen número de kilómetros cuadrados: se nota que esta gente no quieren que les molesten los vecinos; entre cabaña y cabaña te puedes echar un cigarrito.
Parece que soy un poco exagerado, ¿no? Pero es que ésta es una parte del poblado, digamos que es una familia; el resto está disperso como decía en muchos kilómetros. Voy a ver si encuentro una foto que dé una idea de la extensión que abarca:
Lo que sí tienen, porque no lo pueden evitar, es un campo de futbol con un cesped muy bien mantenido, bien cortado; y, claro, una cabaña comunal. En cuanto llegamos hicieron una asamblea para estudiar la forma más directa y digna de sacarnos el dinero. Lo consiguieron.
Y no sólo nos la sacaron a nosotros y entonces, sino que nos enseñaron cómo se lo tienen montado para sacársela a muchos más turistas cuando lleguen (lo que no es fácil, como ya conté ayer):
Han constuido estas cabañas para alquilarlas por noches o por semanas o por meses o por años. Baratísimas, por cierto. Como 8 euros día y caben cuatro o cinco personas. El problema, además del acceso, lo tienes en el calor que hace dentro y... la cantidad de bichos que hay: de todos los tamaños, de todas las especies, con pelo, con pluma, con elitros, con caparazón. Me pasé una hora vigilando a la mantis religiosa que veréis a continuación hasta que se sintió segura para saltar sobre la polilla que dormía un poco más arriba:
Pues, aún así, hay gente que se apunta a hacer cursos de supervivencia. El dueño del coche que aparece a continuación (y que si os fijáis bien veréis que está muy bien pertrechado) es un inglés que vive allí y se dedica a traer europeos en grupos de quince, les da un curso de supervivencia de una semana y una pulsera que trasmite señales de localización; luego les suelta uno a uno en la selva sin nada (sólo la pulsera) para que sobrevivan durante quince días. Algunos lo consiguen, aunque a todos hay que ir a buscarlos siguiendo la señal que emiten las pulseritas. Acojonante, ¿no? Lo hacen en serio y, es verdad, algunos mueren.

Bueno, ya de vuelta en Georgetown encuentras como siempre motivos para reír. Si no, véase más abajo los maniquís que eligen algunos tenderos para mostrar su mercadería, para que las señoras y señoritas puedan hacerse una idea de cómo les va a quedar un vestido:
Y hay muchos motivos más de risa. Por ejemplo, lo que se ha inventado el obispo W.D. Babb para ganar dinero. La verdad es que no sé cómo lo gana, qué vende y a cómo, pero para mantener ese chiringuito es que tiene que ganarlo. Sencillamente, una compañía dedicada a hacer milagros. ¿Os lo podéis creer? La foto es la evidencia.


Además, si agrandáis la fotografía podréis comprobar que, no es porque sea mía, pero es muy buena: la señora tras la sombrilla rosa (de un color parecido al rosa de los rótulos) que centra la composición... Muy buena, vamos. ¿O no?
Y ya que he abandonado el pudor y me atrevo a decir que mis fotografías son buenas, os voy a colocar unas cuantas que están hechas sin mirar por el visor, es decir, con la cámara en la mano, colgando, como si fuera andando y no haciendo fotografías (ya he dicho que se enfadaban mucho si les hacías fotos); pues bien, muchas salieron mal, pero otras son muy bonitas, de coña, de suerte, pero bonitas. Ahí van unas cuantas seguiditas:
Y ya que he abandonado el pudor y me atrevo a decir que mis fotografías son buenas, os voy a colocar unas cuantas que están hechas sin mirar por el visor, es decir, con la cámara en la mano, colgando, como si fuera andando y no haciendo fotografías (ya he dicho que se enfadaban mucho si les hacías fotos); pues bien, muchas salieron mal, pero otras son muy bonitas, de coña, de suerte, pero bonitas. Ahí van unas cuantas seguiditas:
Si, como habéis comprobado, para mí Georgetown se define por el cielo, a esa definición le faltan algunos matices. De un lado lo que tiene todavía de pequeña aldea, con los potrillos sueltos por la calle; de otro, las casas de empeño, las pawnshops, que llenan algunas calles:
Y ahora sí que me despido hasta nueva orden. Pero no os preocupéis que si vuelvo os lo haré saber. Un beso para todos.
















