Estoy seguro de que añoraré las noches de Georgetown; y no cuando, dentro de algunos años mire las fotos, no; sino en cuanto las deje, en cuanto me aleje de ellas. Sus estrellas tan cercanas, como ya dije ayer, tan estrellas, con sus puntas, cinco o seis (que eso va en gustos), su olor especiado de las cenas de los vecinos, los aullidos de los canes (que se contestan unos a otros también, como ya veremos) y su temperatura: puedo estar en la terraza en bañador sin tener calor (ni frío). Las echaré de menos.
Y sus mañanas. Hoy me han despertado los gallos a las cuatro menos algo. Faltaban más de dos horas para amanecer. Ni siquiera una rodajita de aurora se veía hacia el este. Y ya cantaban. Los gallos guyaneses son muy inseguros y dos horas antes ya se están preguntando uno a otro la hora. Y lo peor es que se contestan (como los perros).
Además, hoy ha sido domingo. El viernes cantó Al Muecin desde el minarete. El sábado escuché oraciones judías desde la sinagoga. Y hoy... hoy era el fin de fiesta. Desde todos los puntos cardinales llegaban cánticos: desde el "Down to the river to pray" al Glory, glory, aleluya, pasando por unos acalorradas coplas indostanas que, por lo menos a mí, siempre me dan ganas de comer ese pan tan rico que no se cómo se llama, pero que se parte en múltiples pedacitos cuando intentas hacerte con un triangulito (se desmoronan mucho más que las hostias). Los domingos en Georgetown son el copón bendito, nunca mejor dich0.
El resto de la ciudad, una ghost town. Ni un alma; todas las almas alimentándose en los centros de oración, en las reposterías del espíritu (que es que no sé cómo llamarlas), en las gasolineras de ganas para el resto de la semana de trabajo y poca paga.
Ésta es la catedral de St. George, que ya os enseñé el otro día (the largest wooden building in the world) y esa gente que está a la puerta, no os creais que se está escaqueando; tan sólo espera a que un incauto pase por allí para llamar su atención y "obligarle" con oleadas de mantequilla a entrar al oficio; supongo que será anglicana.
Ésta ota gente sale del oficio paquistano, I guess, del templo que tengo justo a cincuenta metros de casa. Todo un orgullo del arte oriental.
Y éste es el templo del que salen esas benditas. Lo bueno de este país es que hay para todos los gustos y, encima, los domingos todo el mundo se viste a su gusto para ir a la iglesia.Éstas señoras también van a la iglesia vestiditas de domingo. ¿No me digáis que no conmueve? Para todos los gustos como en la viña del Señor.
Como era un bloody sunday, como cualquier europeo en mis circunstancias, he ido a la playa. Ya sabía, y vosotros también, que no es una playa como para pasar el día pero aún así, esperaba que el domingo tuviera algún visitante que otro. Lo siguiente es todo lo que he encontrado. Dos bañistas y ni siquiera juntos; separados.
La verdad es que tampoco es tan extraño, si tienes en cuenta que, a mitad del paseo marítimo, a mitad del seawall te encuentras con un obstáculo que te impide continuar el paseo y... ¿sabríais decirme para qué fin? Yo no he logrado averiguarlo.
Estas piedras amarillas interrumpen el paseo. Es un misterio, aunque estoy seguro de que alguien alguna vez le habrá encontrado un sentido. Sobre todo a pintarlas. Debe ser por adaptabilidad, para los ciegos, para que no tropiecen. Como podéis ver, y ahora os lo mostraré con mayor detalle, los bancos de después de las rocas están vacíos. Lo peor es que, los de antes de las rocas, también.
Bueno, chicos y chicas, mme tengo que despedir porque los mosquitos me están breando. Y sólo en los tobillos y pantorrillas, qué curioso.
Ya sé que había prometido un relato a vuelapluma, pero la pluma no ha volado, esperemos que mañana vuele bajito como gallina. De las rodillas para abajo, soy una pura erupción; de las rodillas a la cintura un muerto; de la cintura al cuello puro músculo; del cuello a la coronilla un vago redomado.
Besos y abrazos.







