lunes, 4 de junio de 2007

Nuevo barrio II (El retorno)

Como he estado tres días muy ocupado, dos de ellos obsesionado por escribir el capítulo semanal de Amar en Tiempor Revueltos y otro escribiéndolo), en esta entrada de hoy sólo tengo fotos que he podido tirar desde la terraza de mi casa.

Esta es mi terraza, desde dentro. Yo estoy sentado en una mesa de ratán, como la que se ve a la izquierda de la imagen. Escribiendo. La mañana era lluviosa.














Como puede apreciarse en esta foto del flamboyán del jardin del lodge.

Y por esa misma calle que se ve a la derecha de la imagen, pasó este muchacho. Como ya he dicho varias veces, los domingos, Georgetown es una ciudad fantasma; que pase alguien por delante es un acontecimiento.









Aunque después, mientras avanzaba el día la cosa se fue animando. Os enseño una foto que, aunque está desenfocada, vale la pena para comprender un poco la diversidad de este país.








Un muslim, como el que han cogido intentando volar el aeropuerto de Nueva York y que también era de Guyana. Sé que el comentario es racista, pero... qué le vamos a hacer. Lo que quiero dejar clar es que en este país hay de todo.

Unas horas después, cuando ya no llovía, pasó... no os lo podréis creer, pasó un MUSIC CENTER por delante de mi casa.



Sí, es exactamente lo que parece. Un chico que empuja un carro con dos baffles tremendos y emitiendo música a toda hostia. No sé cómo se le remunera. Quizá, como a los gitanos de la cabra, la gente le echa dinero desde las ventanas o algo así. Lo cierto es que existen music centers móviles.



Justo enfrente de la terraza está la Embajada de Brasil, que os enseñó:

Justo en la esquina, a la izquierda de la embajada, pueden verse caballos pastando como si fuera lo normal. Y es que es lo normal.


















Queenstown es el nombre del barrio. Peter Rose el nombre de mi calle. No me digáis que no es poético el nombrecito (y sí, también un poco mariquita).
Y hoy también hay relato, aunque cortito y aunque os cabreéis un poquito porque vuelve a terminar en un... CONTINUARÁ (lo siento, no he tenido fuerza para seguir).

Llevo veintitantos años escribiendo y acabo de descubrir que una de las formas de limar o lijar la angustia, de agotar la ansiedad es ESCRIBIR. De un tiempo a esta parte escribo por placer, cuando antes sólo lo hacía por obligación, por necesidad. No sé si se nota (yo creo que ahora escribo peor), pero así es.

Después de esta introducción exculpatoria, voy a intentar seguir escribiendo el relato que dejé en continuará hace dos días. ¡Va por ustedes!
Bueno, para los vagos que no quieran mover el ratón hacia abajo, nos habíamos quedado en que a C. le había pasado algo que consiguió encanecerle de repente y prematuramente. A por el resto.

Afuera la noche aullaba. Se escuchó también el chillido irritado de una rata. C. guardó silencio durante unos minutos. Yo no lo rompí. Roncaba Onda. Chasqueé la lengua, no resultó. Tampoco importaba tanto que roncara. Era un ronquido armonioso. Oí que C. se movía y poco después olí a marihuana sin quemar. C. le había cogido la bolsa de marihuana a Onda y se estaba haciendo un canuto. Después le escuché inspirar con fuerza, casi diría con rabia.

-Mañana se la pago –dijo C.; se refería a la maría y a Onda.
-No he dicho nada.
-Ya.

Volvió el silencio y las rabiosas inspiraciones. El humo me alcanzó. Yo no fumo, pero el aroma me gusta. Como comprenderéis estaba ansioso por escuchar la historia de C. pero no quería forzarle. Paciencia. El canuto le soltaría la lengua. Y efectivamente:

-Hasta hace muy poco pensaba que la vida debería ser al revés –dijo C. y añadió: Deberías nacer viejo y morir siendo un bebé. Así siempre, hasta en los peores momentos, podrías pensar que todavía estaba por venir lo mejor. Siendo como es parece como una putada. Estar esperando la muerte y encima cada vez con más achaques si no algo peor.
-¿Y ahora? –pregunté-. ¿Qué es lo que piensas?
-Que está bien como está. Es justo. Si nacieras viejo sabrías que eras mortal desde el primer momento. Así, como es, por lo menos hasta llegar a los cuarenta te piensas inmortal. O mejor, no piensas que eres mortal.

Calló y yo esperé. Al comprender que no iba a continuar comencé a intuir que lo anterior había sido tan sólo mera verborrea canutera. No pude contenerme más.

-¿Tiene algo que ver eso con lo de tu pelo?
-¿Qué pelo?
-¡Joder, el blanco, tus canas! –estallé-. ¡Habías empezado a contar por que te quedaste gris.
-¡Ah, sí, coño, es verdad! Si precisamente me he hecho el joint para hablar de eso.
-¡Cuéntalo de una puta vez, coño!

Sabía que eso le iba a cabrear. Y se cabreó, pero no se le quitaron las ganas de hablar. En seguida, comenzó su relato.
CONTINUARÁ.
Besos y hasta mañana.

No hay comentarios: