Y así, como este pequño parque de atracciones, está en desuso está mi mente. Vacía. Estructurada pero con varias estructuras, separadas, lejanas, difícilmente reconciliables. Y quieta. Y vacía. Aunque, como veís, sea cuando fuere que cerraron la montaña rusa, se dejaron un coche arriba, en lo más alto (que no es mucho). Alguna vez ese cochecito tendrá que bajar; tal vez así ocurra también con mis pensamientos; tal vez bajen, vengan algún día; quizá cuando deje de llover; quizá si arrecia. El caso es que no se me ocurre nada. Probablemente también tiene un poco de culpa la ciudad, que ya no da más de sí. Voy a ver si viajo al Amazonas y/o a Surinam y me doy un poco de vidilla.
Y éste es mi pie: una foto tomada por accidente, pero como sé que la mayoría sois fetichistas, la pongo. Disfrutad. Aunque también es inquietante, ¿verdad?
Ahora que me doy cuenta: tengo los pies más blancos que el alma, casi todo es más blanco que mi alma, a excepción de...
Mira que es difícil fotografiar a un negro si no lo iluminas. Es imposible (creo que ya lo había comentado).
No se sabe si es feliz o no; no contesta los morning ni los hello, ni nada; ni te mira cuando pasas, aunque le hables.
Animaos y uníos a la asociación de mineros de oro y diamantes. Una nueva vida por descubrir. Además, conoces gente.

Para los que no quieran volver a revisar lo anteriormente contado, nos habiamos quedado C. y yo en una acabaña, la cabaña de Onda, que dormía profundamente, en una absoluta, absoluta oscuridad. C. estaba a punto de contar por qué se había quedado cano en tan sólo un día, o una noche más bien, como veremos después.
-¿Has visto alguna vez un machete? –preguntó C. con la voz profunda y calma que da la maría.
-Joder, claro, se los he visto a los campesinos.
-De cerca, quiero decir. Están afilados como un mal de amor, como el cuchillo de un carnicero, y además oxidados, oxidada la hoja entera, menos el filo, que reluce, que se ve que ha sido frotado con esmeril o con lo que cojones sea pocas horas o minutos antes.
-Vale, sí, un machete afilado.
-Dan miedo, tronco, de verdad.
-Que sí, sigue.
-Los cunas van siempre armados; siempre llevan un machete; si trabajan en la mano, si no están trabajando al cinto. Cuando no están trabajando y lo llevan en la mano es que algo malo se cuece, que pueden utilizarlo. ¿Te has fijado en los mancos que hay en Honduras?
Era verdad: estaba Honduras llena de mancos, normalmente de la mano derecha. Te sorprendía el hecho con sólo caminar por las calles. Mancos de medio brazo.
-Son los machetes –continuó C.-. El primer golpe, no sé cómo se dice en esgrima, siempre va al brazo en el que el contrincante lleva su machete. Así, si tienes suerte y se lo cortas, se acabó la pelea; has ganado. Los fines de semana, en las tabernas, se pierden aquí más brazos que gente muere en las carreteras.
-¿Te tiraron con un machete?
-Así se dice en esgrima, tirar; al primer tiro, debería haber dicho antes. Ten paciencia, joder, que voy a contarlo desde el principio. ¿Te acuerdas qué misión me asignaste, qué proyecto, entre los cunas?
-Sí, creo que sí. Se trataba de organizarlos políticamente, que formaran una federación legal, o algo sí, y luego conseguir que se integraran en la Confederación de Indígenas de Centroamérica y el Caribe. Era eso, ¿no?
-Básicamente. Pero los cunas son muy suyos, muy independientes, no querían formar parte de ninguna superestructura; creían, creen, que ellos solos se bastan, no esperan nada de nadie.
-Para eso fuiste, para convencerles.
-Sólo se parecen a las demás tribus en el machete y en su pasión por las Ray-ban, les gustan las Ray-ban, como a todas las etnias del mundo. Para ellos, el resto de los indígenas, de los negros, de los blancos, somos todos igual de hijoputas; el único pueblo de verdad, la única gente son los cunas.
-Y los fabricantes de Ray-ban.
-Estás muy gracioso.
-Lo sé. Sigue.
No nos veíamos las caras, ni siquiera las siluetas; sólo me llegaban las inspiraciones profundas de C. y el humo de sus caladas.
-Lo primero que tenía que hacer era ganarme al jefe… Al jefe y al, digamos, subjefe, seducirles con la idea de que se convirtieran en presidente y vicepresidente de la Federación de indios cunas. Tocarles la vanidad, el poder, los viajes…
-¿Te emborrachabas con ellos?
-Bebía y vivía con ellos, como ellos. En una cabaña parecida a esta, con suelo de tierra, con una caja de madera para guardar los alimentos de las ratas, con otra caja para utilizarla como silla y dos, superpuestas, para que fueran una mesa. Ni hablar de alimentos que necesitaran frío, no había una nevera en kilómetros. A las seis era de noche. Los viernes y los sábados había fiesta, bebedera no más, algún baile que otro, alguna chica. Los demás días bebía sólo en mi cabaña. ¿Te puedes creer que llegué a beberme una botella diaria de ron sólo para matar el tiempo?
-Me lo puedo creer. Ve al grano, anda.
-Me tumbaba en el chinchorro, en la hamaca en la que dormía para prevenir ratas y cucarachas, con la botella entre las piernas y trago va trago viene me terminaba la botella. Hay días que empezaba una segunda antes de dormir. Y no me emborrachaba.
-Un poco sí, supongo.
-Nada que me hiciera dejar el chinchorro y moverme. No había adónde ir.
-¿No tenías coche?
-Nunca me disteis uno, cabrones.
Ya no me acordaba pero así fue: mientras que para otros proyectos se asignaba un coche, para éste, en el que era más necesario que en ningún otro lugar, no había presupuesto. Los cunas eran para la cooperación para el desarrollo oficial española un detalle, algo para contar que trabajábamos a favor de la organización política y reivindicativa de los pueblos indígenas. Nada más. Se acercaba el V Centenario del Descubrimiento. Había que dotarse del algún pin de indios. Los cunas eran el pin. Pero sin presupuesto. Sólo un antropólogo. Sólo C. En los papeles aparecía como un proyecto “prioritario”.
-Pero conseguiste que formaran la federación; de eso sí me acuerdo.
-Lo conseguí, sí. Al cabo de un tiempo, todos estuvieron de acuerdo menos la facción encabezada por el hijo del jefe, Charlie le llamaban. Siempre se opuso. Ese hombre era la esencia de los cunas; nada de ancestros y viejas tradiciones; para Charlie los cunas eran unas gafas ray-ban, unos Levis, un peluco de oro y un machete bien afilado. Eso era Charlie, así era también su facción. Y si su padre, se había plegado a federarse era sólo porque yo le había prometido, entre otras cosas, ayudas económicas para la tribu, financiación para proyectos de educación y sanidad, cosas así. Charlie ya tenía dinero; no necesitaba proyectos comunitarios. ¡Qué rica está esta hierba, coño!
-No te enrolles ahora, tío, sigue.
-Había cumplido la primera parte de la misión: se habían federado. Ahora me faltaba alcanzar el segundo objetivo, confederarlos con el resto de los indígenas de Centroamérica y Caribe. Y la ocasión se me presentó con motivo de una reunión internacional que se iba a celebrar en la costa de los Misquitos, en Nicaragua. Quería llevar al jefe y al subjefe, presidente y vicepresidente ahora, a Nicaragua. Ellos eran reacios, el hijo del jefe más. Pero no me di por vencido. Moví cielos y tierra para conseguir un helicóptero del ejército hondureño que nos trasladara desde Tegucigalpa a Nicaragua. No sería un viaje penoso, al menos desde Tegucigalpa. Hasta allí nos llevaría el jeep de una organización indigenista hondureña. Estaba todo arreglado. Pero ellos continuaban negándose. El subjefe me ayudó: tenías ganas de conocer mundo. Aun así, nada: la opinión de su primogénito, de Charlie, contaba para el viejo jefe. Tuve que apelar a mi hospitalidad (y al reverso de la suya): ya que ellos me habían acogido tan hospitalariamente, yo les invitaba (al jefe y al subjefe) a pasar un día en mi casa (tenía alquilada una casa en Tegucigalpa para cuando mi novia costarricense venía a pasar unos días; era muy barata). Con el intercambio de hospitalidades no tuvieron más remedio que venir. Pasaríamos una noche en mi casa de la capital y al día siguiente, al amanecer, saldríamos en helicóptero para Nicaragua. El congreso indigenista se celebrara el fin de semana. El viernes dejamos la aldea en el jeep. Charlie nos despidió machete en mano.
“El viaje hasta Tegucigalpa fue pura angustia. El subjefe parecía divertirse y pegaba saltitos cuando nos cruzábamos con un camión grande o cuando dejábamos a un lado un pueblecito cuajado de luces eléctricas. El jefe, por el contrario, no dejaba de mascullar que no debería haber abandonado la aldea, que los misquitos y lo que se reunieran allí le importaban una mierda y que la amortiguación del jeep era demasiado dura para sus riñones. Una vez intenté animarle hablándole del vuelo en helicóptero; fue contraproducente, el volar es para los pájaros; y si dios hubiera querido que voláramos, etc, etc, etc.
“Por fin llegamos a mi casa. Les hice todo tipo de honores y abrí una botella de Flor de Caña añejo para celebrar la buena llegada a la capital y el comienzo de nuestro fin de semana de gran trascendencia política y económica para la aldea. Nos terminamos la botella. Y no tenía más. A mí, claro, se me había calentado el pico y, después de explicarles claramente cómo funcionaban las luces y el baño y advertirles de que no salieran de casa bajo ningún concepto, me largué a hacer un recado.
-¿Qué recado? –pregunté.
-Vete a tomar por culo –fue la respuesta de C.
-En serio, joder.
-Tío, llevaba más de cinco semanas sin pisar una ciudad, sin tomar algo frío, ni siquiera fresquito y estaba hasta los cojones del jefe y su refunfuñe. Me fui a tomar una copa o dos; ron, eso sí, pero con algo de liga, con Coca-cola, y bien frío. Te juro que no tardé más de una hora. Y cuando volví a casa, ninguno de los dos estaba en ella. Ninguno. Me tiré a la calle como un poseso a buscarles. No sabían manejarse con el tráfico, no sabía si llevaban dinero. Supongo que ellos también tendrían el pico caliente. Y el subjefe muchas ganas de conocer. Algo así.
“La verdad es que no tardé mucho en encontrarles: a dos manzanas de mi casa ví un tumulto; me abrí paso entre los curiosos, cuando llegué al centro me encontré al jefe tirado en el suelo en una postura imposible (un brazo le quedaba justo en la espalda, con la mano en el sitio en el que no alcanzas a rascarte; y una pierna formaba un ángulo recto con su cadera) y al subjefe arrodillado en el suelo llorando y rezando. Al presidente de la recién creada federación, al jefe de los cunas, le había atropellado un autobús de tamaño mediano. Estaba tan muerto como el amor que sentí por mi segunda novia.
(CONTINUARÁ)






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