No ha sido hoy un gran día. A pesar de que ha brillado el sol (es decir, ha hecho un calor de cojones), no hay sido un gran día. He recibido un mail con una mala noticia, no importa cuál, es sólo mala noticia para mí, probablemente para el resto del mundo sea una noticia feliz. Eso es lo malo de ser individuos, que es difícil coincidir en el dolor. Y, además, si coincides, ¿que? Sigue siendo dolor, indivisible, sin repartir, dolor a secas, propio.
Y me ha dado por pensar en establecer un nuevo... ¿culto? O costumbre, una nueva forma de relacionarse. Se trata de cicatrices y de canas (luego vendrá lo del barro). ¿Por qué cuando conocemos a alguien le preguntamos a qué se dedica? Es evidente que son mucho más importantes la cicatrices que lleva en su cuerpo. ¿Y las de más adentro? Deberíamos tener cicatrices de cualquier tipo de herida: las de la piel, claro está, pero también deberían ser visibles las otras. Y si no lo son de forma natural, deberíamos hacérnoslas nosotros. Un dolor, una cicatriz. (Ahora que lo pienso, casi seguro que alguna tribu de algún lugar más o menos remoto practica la costumbre desde tiempos prehistóricos). Las canas es lo más parecido que tenemos nosotros (la calvicie en algunos casos). Yo por ejemplo he visto aumentar mis canas, claramente, en tres ocasiones. La gente debería preguntarme por ello. Supongo que no lo hacen porque también hay tipos canosos que lo han pasado de puta madre toda su vida, o eso creemos.
No voy a aburrir. Pero que conste que tengo ganas de hacerme una cicatriz visible. O de ponerme una camiseta que rece: "Mis canas no son de viejo. Pregunta" o "No sólo tengo las cicatrices que se ven. Pregunta".
Los eslóganes en las camisetas me hacen recordar algo que ayer se me pasó al hablar de las "flyers": sus eslóganes. Lástima que no tenga ninguna foto de voladora con eslogan. Después los explico; vayan por ahora más voladoras. ¿Habéis notado que me fascinan? Daría cualquier cosa porque me pagaran por conducir una de ellas lo mismo que me pagan por escribir.
Los eslóganes en las camisetas me hacen recordar algo que ayer se me pasó al hablar de las "flyers": sus eslóganes. Lástima que no tenga ninguna foto de voladora con eslogan. Después los explico; vayan por ahora más voladoras. ¿Habéis notado que me fascinan? Daría cualquier cosa porque me pagaran por conducir una de ellas lo mismo que me pagan por escribir.
Bueno, pues abundan los eslóganes pintados en los parabrisas: la mayoría son God's good y cosas relacionadas con la religión. Dios te salva, dios de ayuda, dios es alegría, vente conmigo y con dios, etc, etc, etc. Pero ha habido dos que me han llamado la atención. El primero era "Get rich or die traying"; el siguiente es mejor: "Triangular love affairs ends in death". Mola, ¿que no?
Las primeras está, evidentemente en plena carrera. La segunda foto es para que aprendáis la forma de abordarlas.
Las primeras está, evidentemente en plena carrera. La segunda foto es para que aprendáis la forma de abordarlas.
¿Y el barro? Bueno, la ciudad es un barrizal después de las últimas lluvias, pero os voy a ahorrar la visión y os la cambio por otra más poética: la recogida de las flores caídas tras el temporal.
Esto es lo que he visto desde mi ventana hoy al levantarme. Un señor barriendo las flores, las vistosas, flores, las rojas de los flamboyanes, las mimosas, las nomeolvides, todas ellas al cubo de la basura. Como para pensar en la duración de la belleza.Ahora me acuerdo de que no os he enseñado la casa donde vivo, ni my neighborhood. Voy a reparar esa falta en este mismo momento.
Esta es mi casa... por ahora. Subo por esas escaleritas que hay a la izquierda de la imagen, abro la puerta y... nada: ordenador, libros, cuadernos, nada. Bueno, una cama con mosquitero, gracias a dios.
¿A que parece nupcial? No lo es. Es sencillamente defensiva. Mi paranoia es pensar que un mosquito se ha quedado dentro. Es el sueño de un mosquito. Y seguro que hay alguno tan listo que finalmente lo consigue. Siempre los hay listos. (De cualquier modo, no creáis que con el visillo se soluciona: todos los mosquitos de Gerogetown esperan alrededor, con paciencia, ritualmente, como indios chirikawas a que salgas a mear en mitad de la noche.
Y ahora, antes del cuento, os presento a algunos de mis vecinos. No es coña. Es gente a la que saludo todos los días porque todos los días me los encuentro al salir de casa. Ásí no se siente uno tan solo: yo me muevo constantemente, como los tiburones, para no pensar; ellos se quedan quietos y piensan. Algo saben que yo no.
Éste es un negro cojo, pero que a veces se quita la camiseta y tiene un cuerpo bendito: musculado, brillante, un adonis.
Como la siguiente, está tomada desde tan lejos porque, aunque tenemos cierto grado de amistad, les llevan los demonios si tratas de hacerle una foto. El siguiente es un loco, un verdadero loco, cuyo único interés es enseñarle el culo, a veces también la polla, a las mujeres que se cruzan en su camino. Pero es simpático.
La de la derecha es una señora que hace calceta permanentemente. Al menos yo la he visto a muchas horas del día, la más temprana a las 6:45 dela mañana.
Y ahora.... el CUENTO.
Creo que en el de hoy, que tampoco es el nuevo prometido, además de ponerse en el mood del habla dominicana hay que explicar que el gobierno de la República Dominicana, en el año 92, hizo construir un edificio faraónico con forma de ataud en cruz: es decir, como si fuera para enterrar a a un crucificado sin tener que desacomodarle la postura; la gracia del edificio era que estaba silueteado por millares de focos "laser" que se encendían los viernes: los viernes nublados una inmensa cruz, constantiniana, se reflejaba en las nubes bajas. Hay que decir que el efecto era muy apreciable: a mí me emocionaba. ¡Ah! Tengo que añadir que en Santo domingo capital hay una Plaza de España y que la Presidente es la cerveza más consumida y, cuando la brewery quiere, una de las mejores del mundo. Ahí va:
RENE.
Adolfo Puerta.
Que René L'Ouverture, Lobeltul, haitiano, falso pintor naif, marxista, perilla leninista, camine por Plaza de España ofreciendo cuadros a los turistas mientras murmura "qué injusticia, qué injusticia" ante las ocasionales raciones de jamón serrano no es extraño. Es lo que hace todos los días. La pata de puerco curada reafirma su conciencia más que la lectura serena de "Materialismo y Empirocriticismo". Y a quién no.
Pero hoy está inquieto. Tal vez por ser jueves y andar ya la ciudad oliendo a viernes, a Lobeltul le parece que las palmeras acogen hoy de mejor gana la brisa suave que sacude de sus hojas el polvo del día y se cimbrean limpitas como las mujeres cuando se secan la cintura después del baño.
Para olvidar el río subterráneo de sus jugos gástricos, y la torrentera de los otros, Lobeltul se impone un ejercicio acorde con su moral revolucionaria: traduce mentalmente del español al dominicano y al creole algunos pasajes del Dieciocho Brumario. De modo que en su cabeza Marx se expresa alternativamente como un auténtico tigre capitalino o un profundo habitante de los bateys. Y así, por ejemplo, cuando Marx dice que la historia se repite, Lobeltul traduce "esta vaina viene jodiendo una y otra vez". O, si no, "l'istuar sa repete de fuá, kokó kochó, agoé".
Lobeltul se para frente a una mesa de la terraza, extiende sus dos brazos y planta sus cuadros a una pulgada de una nariz canadiense y sesentona. La sonrisa de la nórteña significa no. Aunque Lobeltul, parapetado tras los lienzos, ni lo nota. Sólo nota que la sangre que corre por esos brazos extendidos se altera, porque, estamos de acuerdo, la injusticia es si cabe más injusta los fines de semana.
Ahora ni su ejercicio le vale. Se ha atascado en un pasaje que, seguro, hasta para Marx resultó farragoso, "qué cabronazo, qué frases, e'te Carlitos". Y se altera. Detecta la alteración en su propio cuello, que retuerce autodestructivamente para mirarle las piernas a una mulata sin por ello modificar la orientación de sus cuadros. Piernas y jamones.
La canadiense ya no sonríe; por el contrario, reitera convulsivamente su "nothing at all". Ni lo nota Lobeltul. Para alivio de sus cervicales, la mulata corrige el rumbo y en lenta procesión desaparecen primero sus senos, después sus nalgas por una esquina. "Mejol". Las mujeres traen problemas, tanto a los ricos como a los pobres, que en eso igualan más que la muerte.
La canadiense agita ahora frenética la cabeza. "No, no, no querer cuadras, ni nado". Pero a René Lobeltul, parado, las niñas de los ojos le han desaparecido tras la frente, porque está pensando en la muerte, y la canadiense se queda aún más sola si cabe, reducida a fantasma desteñido por aquellos ojos redondos y blancos.
Lobeltul se vino de Haití huyendo de la violencia institucional. Lo que son las cosas. Media vida sorteando con éxito las contrariedades mortales que provoca el ser partidario de la lucha armada, para al final tener que abandonar su tierra por tirarse a la concubina de un raso de la policía de tránsito. Hay cosas a las que no se acostumbra uno. "Coño, ¿para qué tuvo que decírselo a ese pendejo? Un exiliado sexual, eso es lo que tú eres para tu vergüenza, Lobeltul".
Canadá llora ahora con espanto sincero; lágrimas gordas de esas que estimulan a los psicoanalistas; toda ella está empapada de lágrimas, de sudor, de la excitación del miedo, por lo que ya nadie puede llamarla Canada Dry con propiedad. Alarmado, el camarero zarandea a Lobeltul y Lobeltul sale del trance y sonríe a Canadá. Con un ojo. Con el otro ha detectado bajo la barbilla de la vieja una Presidente grande, vestida de novia y casi entera. Sonríe más. Y cuando el camarero se aleja, Lobeltul, como un ninja, salta, lanza los cuadros (que le salen planeadores), agarra la Presidente y corre como alma que lleva el diablo hacia lo oscuro. Ni siquiera un minuto de esclavitud ha sido vengado.
La cerveza le escurre sentimental por su garganta. Está tumbado en su camastro y por las junturas de las tablas ve el cielo: en los pechos oscuros de una nube, justo en la vertical del faro, cien rayos erguidos dibujan lechosas hoces y martillos. Como si ya fuera viernes. Como será algún viernes.
Pero hoy está inquieto. Tal vez por ser jueves y andar ya la ciudad oliendo a viernes, a Lobeltul le parece que las palmeras acogen hoy de mejor gana la brisa suave que sacude de sus hojas el polvo del día y se cimbrean limpitas como las mujeres cuando se secan la cintura después del baño.
Para olvidar el río subterráneo de sus jugos gástricos, y la torrentera de los otros, Lobeltul se impone un ejercicio acorde con su moral revolucionaria: traduce mentalmente del español al dominicano y al creole algunos pasajes del Dieciocho Brumario. De modo que en su cabeza Marx se expresa alternativamente como un auténtico tigre capitalino o un profundo habitante de los bateys. Y así, por ejemplo, cuando Marx dice que la historia se repite, Lobeltul traduce "esta vaina viene jodiendo una y otra vez". O, si no, "l'istuar sa repete de fuá, kokó kochó, agoé".
Lobeltul se para frente a una mesa de la terraza, extiende sus dos brazos y planta sus cuadros a una pulgada de una nariz canadiense y sesentona. La sonrisa de la nórteña significa no. Aunque Lobeltul, parapetado tras los lienzos, ni lo nota. Sólo nota que la sangre que corre por esos brazos extendidos se altera, porque, estamos de acuerdo, la injusticia es si cabe más injusta los fines de semana.
Ahora ni su ejercicio le vale. Se ha atascado en un pasaje que, seguro, hasta para Marx resultó farragoso, "qué cabronazo, qué frases, e'te Carlitos". Y se altera. Detecta la alteración en su propio cuello, que retuerce autodestructivamente para mirarle las piernas a una mulata sin por ello modificar la orientación de sus cuadros. Piernas y jamones.
La canadiense ya no sonríe; por el contrario, reitera convulsivamente su "nothing at all". Ni lo nota Lobeltul. Para alivio de sus cervicales, la mulata corrige el rumbo y en lenta procesión desaparecen primero sus senos, después sus nalgas por una esquina. "Mejol". Las mujeres traen problemas, tanto a los ricos como a los pobres, que en eso igualan más que la muerte.
La canadiense agita ahora frenética la cabeza. "No, no, no querer cuadras, ni nado". Pero a René Lobeltul, parado, las niñas de los ojos le han desaparecido tras la frente, porque está pensando en la muerte, y la canadiense se queda aún más sola si cabe, reducida a fantasma desteñido por aquellos ojos redondos y blancos.
Lobeltul se vino de Haití huyendo de la violencia institucional. Lo que son las cosas. Media vida sorteando con éxito las contrariedades mortales que provoca el ser partidario de la lucha armada, para al final tener que abandonar su tierra por tirarse a la concubina de un raso de la policía de tránsito. Hay cosas a las que no se acostumbra uno. "Coño, ¿para qué tuvo que decírselo a ese pendejo? Un exiliado sexual, eso es lo que tú eres para tu vergüenza, Lobeltul".
Canadá llora ahora con espanto sincero; lágrimas gordas de esas que estimulan a los psicoanalistas; toda ella está empapada de lágrimas, de sudor, de la excitación del miedo, por lo que ya nadie puede llamarla Canada Dry con propiedad. Alarmado, el camarero zarandea a Lobeltul y Lobeltul sale del trance y sonríe a Canadá. Con un ojo. Con el otro ha detectado bajo la barbilla de la vieja una Presidente grande, vestida de novia y casi entera. Sonríe más. Y cuando el camarero se aleja, Lobeltul, como un ninja, salta, lanza los cuadros (que le salen planeadores), agarra la Presidente y corre como alma que lleva el diablo hacia lo oscuro. Ni siquiera un minuto de esclavitud ha sido vengado.
La cerveza le escurre sentimental por su garganta. Está tumbado en su camastro y por las junturas de las tablas ve el cielo: en los pechos oscuros de una nube, justo en la vertical del faro, cien rayos erguidos dibujan lechosas hoces y martillos. Como si ya fuera viernes. Como será algún viernes.
Un beso a todos y todas. Hasta mañana.








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