sábado, 26 de mayo de 2007

La Osa Mayor








Jamás había visto la Osa Mayor tan cerca; en realidad, creo que nunca había visto la osa mayor, a pesar de que a mi padre le decía " que sí, que sí, que la veo" cuando me la señalaba. Hoy ha vuelto a llover, con furía, pero a ráfagas, nada como para mantenerte en vilo (parezco el hombre del tiempo).
Este señor demuestra que poco importa la lluvia si la necesidad de información te atrapa. Dios nos libre.

Hoy va a ser muy corta nuestra comunicación: I'm actually tired. Pensaba escribir una anéctoda de la que me he acordado al son de la lluvia, escribirla así, a vuelapluma; es muy interesante, y divertida. Pero estoy cansado, muy cansado. Mañana será, lo prometo.
Tan sólo os voy a dar un consejo para llegar hasta aquí. Del vuelo Europa-América nada hay que decir: Miami, Nueva York, Caracas, los tres son puntos de itinerario practicables y cada cual que elija la compañía con la que quiera volar. Los problemas comienzan al planificar la segunda parte del itinerario. Por ejemplo, si alguien tan bien intencionado como yo no os avisara, quizá querrías volar con Surinam Airlines, aunque sólo fuera por su exótico nombre. La siguiente imagen os dará una idea para que podáis elegir con pleno conocimiento.







Esta es la sede principal de Surinam Airwais en Georgetown, una compañía de toda confianza; garantizo que sus empleadas son amables y dignas de elogio, sobre todo dignas: hablan y se comportan como si estuvieran en el piso 7o de la sede de Continental. Del señor no puedo decir mucho pues parecía mudo.

Puedo también enseñaos, para no resultar tan cortante, algunas fotos que necesitan poca explicación.





















Así es como viven los más pobres en las afueras de Georgetown, aunque deberéis reconocer que, si lo miras con sosiego, tampoco está tan mal.



















Y así es como dicen ahora que vivían antes. ¿Vosotros notáis la mejora?
Y finalmente para mis chicas, la casa soñada:



Con su rosita y sus cristales. ¿No me digáis que no es ideal?








Y ahora un puestecito de cáctus porque sé que hay gente a la que les gustan los cáctus.




















La siguiente no necesita explicación. Lo importante es que el pelo no se moje.

Al final me he animado y os voy a meter un cuento y todo. También se sitúa en Dominicana y, aunque hay algunos pasajes en jerga dominicana, creo que lo único que es necesario aclarar es que tanto Marión como Piantini son dos barrios de la capital<, Flomar es una especie de gran almacen, también en la ciudad de Santo Domingo.
FREDDY
Adolfo Puerta
Como ya han pasado las horas más calientes, Fredy Jiménez aprovecha la parada en un semáforo para doblar la toallita sudada y guardarla en la gavetita del salpicadero de la voladora. Cuando termine se la llevará a su novia; al despedirse, ella le entregará otra toallita, limpia, para mañana. La quiere. Coño, hermano, y cómo la quiere. Si la quisiera más le darían temblores y hasta es posible que los labios se le pusieran morados al verla. Claro, que ese amor verdadero no implica la mortificación del resto de los sentidos, y así se lo hace saber Fredy a su propia conciencia cuando descubre en una esquina a una india clara y culona con el dedo penduleando en busca de lo derecho.

-¡Marión, belleza!

La belleza se demuestra entrando. Más aún si la belleza entra junto al chofer. Ahí, además de demostrar, la belleza muestra. ¿Y qué muestra? Fredy repasa. Muestra sus piernas, mamá. Parece mentira que un par de piernas que se han de comer los gusanos den estas ganas de llorar. Para no hablar de sus pechos. Soportar esos pechos requiere más temple del que repartían cuando bautizaron a Fredy. ¿Y la sonrisa? Ven acá: esa sonrisa te va a seguir despertando empapadito aún cuando cumplas sesenta. La sonrisa.

-Mire, chofer, ¿si yo le pago dos pasajes, usted me lleva a Piantini?

-Y a Puerto Rico, mi amol.

Entusiasta, Fredy mete segunda, pone la radio y gira a la derecha para tomar Lincoln... simultáneamente. De las llantas del carro surgen elegantes chirridos y Fredy siente que todas las personas que esperan en la esquina le observan como si fuera a batear. Lástima que el único que no ha previsto esta fina maniobra sea un camión de Pollo Cibao que volaba bajito como gallina. El camión, diz que manejado por San Cristobal, esquiva de milagro a la voladora de Fredy, sólo para terminar empotrándose (los milagros caducan) contra una banderita muy resuelta. Habría que haber censado todo el aforo de la guagüita para saber las madres que se mentaron en aquel día. Baste decir que, mientras el carrito frediano se alejaba coqueto por la avenida, en la esquina de Bolívar y Lincoln, apenas un chofer esgrimió su llave de tuercas, salió a relucir toda la ferretería.

-¿Y cómo es que tú te llamas? -pregunta Fredy saliendo de su ensimismamiento.

-Filgia -dice Filgia sin dejar de mirar al frente.

-Ooooyeme, eso es nombre de ciclón.

-Será, pero este ciclón no va a girar con usted.

-Ay, mami, no se me adelante, que a mí me gusta más despacito.

-Antes pare, si puede, chofer.

-Pero, bella, ¿tú no sabes que el viernes está empezando?

-Y es fácil -dice Filgia, simulando bobería-. Yo no sé las cosas de la capital.

-¿De dónde es que eres tú, Filgia?

-Mire, qué vivo, se aprendió el nombre. Soy de Bonao... ¡Aquí, aquí!

La bella Filgia señala el edificio de Dominicana de Cable. Fredy, resignado, detiene el carro y suspira. Siempre queda el último cartucho.

-¿Y qué tú vas a hacer ahí? ¿Anunciar Brugal?

-Soy secretaria bilingüe. Voy a una entrevista. Bay, bay.

-¡Y yo voy a estar en ese colmadito de enfrente para felicitarte! Te voy a estar esperando -grita Fredy con la cabeza fuera de la ventanilla.

-El que espera, desespera -resume Filgia con brillantez.

-Pero tú vienes...

-¿Veldad?

El otro signo de que las palabras de Fredy han sido escuchadas es el incremento de un grado o grado y pico en el radio de oscilación de las carnes duras de la india. En billar diríamos que la bola ha cogido el efecto.


Ya va cayendo la tarde, en tardecita se está quedando, y Fredy contempla con melancolía el último trago de ron que cubre el fondo del pote. Ese es el trago que hay que beber de un golpe, con indiferencia hacia el pasado de abundancia y con esperanza en el futuro proveedor; o también se puede beber mientras, con la mano en el bolsillo, cuentas si te da para otro. En realidad, bien poco importa cómo te lo bebas con tal que sea de un buche.

Junto a Fredy, un grupo de tigritos juega en un video de póker; los muchachos pasan, envidan o revocan con una soltura que transmite certeros y veloces cálculos de posibilidades. Fredy también anda en cálculos financieros; lo que pasa es que lo hace a una menor velocidad como consecuencia del síndrome Barceló dorado. Por ejemplo, nuestro Fredy tiene que decidir si edulcora su espera ingiriendo un segundo pote, lo cual, sin duda, acentuará el cuadro médico que exhibe y, además, lo dejará sin suficientes cuartos para invitar a Filgia, o bien se reserva y se pone tristón y hasta un tanto arisco, con lo que lo de Filgia se viene abajo de todos modos. Sin embargo, no es ese su mayor problema. Lo que más le preocupa es que ni siquiera esas reflexiones para-financieras le vienen seguiditas. Por el contrario, se le interrumpe el flujo numerosas veces. Porque es que Fredy es poeta, condición que el alcohol suele exacerbar, y cuando bebe tiene la costumbre de interrumpir sus pensamientos con comerciales en rima. Verbigracia, Fredy piensa: "si llevo a bailar a Filgia a Extasis, me quedarían quince pesos; voy a calcular". Y, de repente, sin quererlo, le entra el comercial: "Para calcular, voy a Flomar". Coño, reconocerán que es una desgracia tener una estructura mental basada en el pensamiento lógico-anunciativo.

-Un pote no -piensa Fredy-, pero te puedes permitir un traguito... Con picadera y en Exquesitos... ¡Coooooño... esta cabeza!

Lo que les digo, una desgracia. Pide un trago sin pensar. Pero, como todo el mundo sabe, las desgracias nunca vienen solas.

-No brindamos tragos, hermano.

Debilitado en su resolución y como de hecho ya no estaba pensando, Fredy no tiene más remedio que subir la apuesta; las palabras le salen solas, a voces.

-¡Un pote y que me cambien las mujeres!

Si algo tiene el ron por encima del resto de los destilados etílicos es la esencia accesible, tan accesible, de los cuartillos. Alguien ve un potecito de romo sobre una mesa y es como ver a una mujer menuda sonriendo desnuda sobre una roca. Invita. Cosa que, a pesar de los spots, Martini nunca ha hecho. El cuartillo, como la solitaria menuda, es algo que, a pesar de los largos instantes que te proporciona, se nos desliza fugaz sin apenas culpa. Y no esos grandes botellones de whisky o de ginebra, coño, que sólo con verlos, aunque después los bebas, te obligan a comprar, ya de regreso, un juguetito de a peso para tu hijo.

Fredy, más feliz, mira de vez en cuando el mosáico caprichoso que forman las ventanas iluminadas del edificio del Cable. ¿Habrá salido ya? Mira que estaba buena la muchachita. Y de nuevo el bajón. Down. No tienes estilo, Fredy. Lo que te falta es estilo. Pero, si ha dicho que saldría, será que va a salir. ¿Qué estará haciendo el hijoputa entrevistador? Así me gustaría a mí entrevistar, viernes y de noche. Así se las ponían a Felipe Segundo. Hasta a Trujillo se las pondrían así.

Se siente francamente desanimado. Ya no eres el que eras, Fredy. O, por lo menos, ellas no son las que eran. Cualquiera de las dos interpretaciones está jodida.

Otro trago hasta que salga la luna. Y la luna está saliendo bien blanquita de Dominicana de Cable. Despacito hacia la esquina de enfrente, hacia el colmado, ilumina el boulevard con el brillo agresivo de un videojuego. Fredy se peina en un acto reflejo. Va viniendo.

-¡Unas mentas, rápido, que va a llover! -le pide al pulpero.

Con aliento renovado, es el momento de pensar en la postura en que recibirá a la hembra. Puede hinchar el pecho, como las fregatas. Puede recostarse en la silla y agitar las llaves del carro. Puede apoyar los codos en la mesa y poner mirada soñadora. Puede, tal vez, exhibir todo el sufrimiento de la espera desesperada. Elige, por fin, una mezcla de sufrimiento y ensueño, de resignación y expectativa, entre los vapores de la menta. Se repeina. Relaja los músculos de la cara y trata de licuar sus ojos. Está viniendo Filgia, se para en la esquina, va a cruzar la calle... agita el dedo y se detiene un moto-concho. Filgia levanta una nalga, después, como es lógico, levanta la otra y se sienta como señorita en la trasera. El motor arranca, hace una ese para calibrar su nueva carga y se aleja. La oscuridad se traga a la luna.

Fredy se descompone por un momento y, con la rapidez de los supervivientes, piensa en su novia. Ahora llegará a su casa y luego saldrá de ella con una toallita limpia para mañana. Que será sábado.
Un beso a todos. Hasta mañana.

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