

Lo divertido de ellas es su funcionamiento. Aunque hacen una línea numerada, su salida no es regular, no sale una después de otra según un turno marcado; cada una sale cuando se llena. Para ello tienen voceros que gritan y cogen del brazo tratando de llenar cuanto antes el transporte. Bien, una vez superado ese jaleo (la banda sonora sería de descojone) y la furgoneta llena... sale. Pero, claro, hay viajeros que se bajan a mitad de ruta y otros que suben. Como no hay turnos, la voladora que más corre recoge a más gente que espera en el camino. Resultado: organizan auténticas competiciones a lo largo de toda la ciudad, en todas las calles, en todas las esquinas, los motores rugen, los adelantamientos son de infarto, los frenazos de quitar el hipo (como no hay aceras, además, te rozan): verdaderas carreras a tumba abierta. Ya digo que en Santo Domingo es igual: vuelan bajo como gallinas, dicen.
THAT'S THE SPIRIT OF THE CITY
Sin embargo, no voy a dejar a los chicos sin su ración de lo que más les gusta y, además, las fotos dan entrada al cuento prometido: húmedo y lujurioso.

Y ahora el CUENTO. Algunos de vosotros ya lo conoceréis, pero no he podido terminar el que estaba escribiendo y lo prometido es deuda. Además, que es muy bueno, coño y hay que hacer publicidad. A ver si la Coca Cola quiere anunciarse en el blog.
Noches sin ellas.
Adolfo Puerta.
Uno
Otra vez comiendo queso agrio,
bebiendo ron añejo bien de mañana
y viéndote, negrita, entre las sábanas.
(Raúl Gascueña)
El cuarto huele a alcohol sudado. De la negra y mío. Y está sucio, desordenado. La negra duerme todavía; llegó muy tarde. Pero está bonita. Siempre está bonita y llega tarde. Vivimos de sus madrugadas. La espero despierto con los ojos cerrados. Casi
nunca la saludo. Follamos habitualmente por la mañana o después de comer, un poco antes de que ella se eche a la calle a buscar la comida del día siguiente. Nosotros seguimos diciendo que es jinetera, pero es puta. Sin más. Creo que todavía nos queremos. Y espero que dure mucho.
Dos
Como soy blanco y conservo un traje en condiciones pasables no es difícil que me confundan con un turista. Por eso puedo concertar mis citas en el bar del Hotel Nacional. Los dealers al principio tenían miedo; ahora les he convencido de que es un lugar seguro. No lo es tanto; si supieran que arriesgo su pellejo por nostalgia dejarían de tratar conmigo. Y así es: en este bar, en la misma mesa en la que me siento una vez a la semana, conocí a la negra hace cinco años mal contados. Mi negra se llama Virgen, tiene los ojos almendrados, la cara fina y el pelo malo.
Trafico cocaína en pequeñas cantidades: diez o quince gramos a la semana. Más que nada lo hago para que Virgen se meta; de otro modo no aguantaría las largas noches bailando y jodiendo con turistas viejos. Un día me trincarán y la cagaremos.
Tres
Nilson la Crema y yo nos levantamos antes que las mujeres y bebemos ron en ayunas en el patio de atrás. Miramos la tormenta que viene del Atlántico. Al principio es una mancha negra en el horizonte; después va creciendo rápidamente hasta convertirse en un torbellino ceniza de agua y viento sobre nuestras cabezas. La Crema da un trago de ron y dice: "como las mujeres". "Así es", digo yo.
Nilson la Crema tiene veintiocho años, es prieto como la mala suerte y está perdidamente enamorado de la mamá de Virgen, quince años mayor que él. La quiere como se quiere ahuyentar a la muerte, con vehemencia e imprecisión, con urgencia. Brenda también quiere a su negro cinturita, pero con más distancia, porque sabe que el final será llanto. Mientras tanto los dos aprovechan cualquier momento para tocarse, susurrarse y hacerse regalitos infantiles. Algunas tardes, antes de irse a la calle, Brenda se sienta en las escaleras del porche. Es la imagen misma de la tristeza y la Crema no puede soportarlo: se acerca por detrás, de rodillas, y la abraza.
-¿En qué piensas, mami? -dice la Crema.
-Deberíamos estar en otro sitio -responde Brenda.
-¿Los dos?
-Tú no vendrás.
-No te voy a dejar nunca, negra.
-Me dejarás, me dejarás.
-Si me matan.
-Me dejarás o te matarán, qué más da.
Escuchamos ruido de cacharros en la cocina. Brenda ha comenzado a preparar el desayuno. La Crema me guiña un ojo y corre hacia allá. Se oye la risa franca de Brenda; grandes carcajadas. La Crema le mete mano mientras esperan el pitido de la cafetera.
Cuatro
-Tenemos que hacerlo, 'mano -me dice Nilson por la tarde, cuando las mujeres se han marchado.
-No me fío del Neverita.
-Son setenta mil dólares, compay. Con eso nos largamos los cuatro.
-Yo no quiero irme, Nilson.
-Pero tu prieta sí.
Tiene razón: Virgen no tiene prisa, pero quiere marcharse.
-Habría que meterle terror al Neverita antes -le digo a Nilson.
-De eso se encarga mi hermano. Tú consigue el hierro.
-Es poco dinero para liarse a tiros.
-Pa estar tranquilos, papi.
-Sin hierro.
-Sin hierro.
La Crema y yo solemos inventar bastantes negocios fallidos. Es nuestra manera de pasar las largas noches sin ellas.
Cinco
Sobre la mesilla de noche hay trocitos de mango en un plato. Antes de acostarse, Virgen cortó los pedacitos y los dejó sobre la mesilla. Su olor me despierta como antes lo hacía el del café. El aroma de resina de la pulpa mamey. Virgen duerme desnuda. No me canso de mirarla cada mañana: la boca ligeramente abierta como para besar, los ojos pintados, las nalgas duras y su cuello. Le introduzco un trozo de mango en la vagina y me lo llevo a la boca: nunca me cansaré del sabor de su coño, nunca. Con el segundo trocito se humedece. Abre los ojos y chupa el pedazo; me lo como después. Y se la meto.
Las mañana son muy ruidosas en nuestra casa. Bailamos son con la música muy alta, reímos, nos perseguimos y jadeamos sobre el sofá, la alfombra, en la terraza. Follar con Virgen es como soñar con Virgen, como es un lienzo su perfil dormido recortado en las sábanas, como es la alegría su sonrisa aislada en la habitación en penumbra.
Hasta mañana. Besos y abrazos.










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