jueves, 24 de mayo de 2007

Flyers



















Me casé, sí, anoche me casé. Estaba borracho y me casé con la chica de tez aceituna y de los rum and ginger ale. Anoche ella era todo lo que yo necesitaba, todo. No la hubiera cambiado por nada. Por mil millones. Habría matado por ella. Habría hecho cualquier cosa, incluso el ridículo por ella: algo así como arrodillarme ante un matón y llorar y pedir perdón y rogar que no me pegara. (Ésa es mi pesadilla en cuanto a humillaciones se refiere, si descontamos las que me han inferido las mujeres). Si a eso de las once no hubiese estado seguro de que ella iba a quedarse conmigo para siempre, creo que me hubiera matado, creo; con crueldad, bebiendo lejía o insultando a un matón. Como a las once treinta contrajimos matrimonio. Por eso esta mañana sólo me arrepiento a medias. Hoy no me casaría, pero anoche no pude hacer otra cosa. Y, finalmente, lo pasamos bien.

Es una broma, claro. Ni siquiera es el cuento que prometí (aunque tiene toda la pinta, ¿verdad?) El cuento va luego, al final. Sin fotos. Para que lo lean sólo los muy interesados.
Ha dejado de llover. Esta mañana he hecho el cálculo y creo recordar que me salían 53 ó 54 horas de lluvia ininterrumpida; al final con aparato eléctrico; si la uralita suena sin truenos, imaginaos con truenos. Retumba, revienta, retracta. Sin embargo, esta mañana, a eso de las cinco menos veinte. un vecino, indostano sin duda, ha puesto un cassette o algo así con unas aleluyas (supongo que él les llamará mantras) y siete horas después ha dejado de llover. Siempre hay gente que cree en algo.





Si os habéis fijado en el título, algunos de vosotros os estaréis preguntando qué coño son las "flyers", pues son los que en República Dominicana llaman las "voladoras". Vistas así, en foto, no tienen nada del otro mundo: son furgonetas de nueve (quince) plazas que funcionan como autobuses urbanos y de cercanías.

















Lo divertido de ellas es su funcionamiento. Aunque hacen una línea numerada, su salida no es regular, no sale una después de otra según un turno marcado; cada una sale cuando se llena. Para ello tienen voceros que gritan y cogen del brazo tratando de llenar cuanto antes el transporte. Bien, una vez superado ese jaleo (la banda sonora sería de descojone) y la furgoneta llena... sale. Pero, claro, hay viajeros que se bajan a mitad de ruta y otros que suben. Como no hay turnos, la voladora que más corre recoge a más gente que espera en el camino. Resultado: organizan auténticas competiciones a lo largo de toda la ciudad, en todas las calles, en todas las esquinas, los motores rugen, los adelantamientos son de infarto, los frenazos de quitar el hipo (como no hay aceras, además, te rozan): verdaderas carreras a tumba abierta. Ya digo que en Santo Domingo es igual: vuelan bajo como gallinas, dicen.

















Juro que vuelcan. Aquí todavía no he visto ninguna (y también es verdad que muchas llevan sacadas las ruedas unos centímetros para ganar estabilidad), pero sí en Sto. Dgo. Aquí lo más uq he visto ha sido esto:











Un hostión con un camión. Lo peor de la hostia en sí no es el golpe que, como se puede apreciar, sólo habrá afectado al chofer; lo peor es que donde caben nueve personas van quince más el cobrador. Cualquier vaivén y te llevas con el codo la cara del vecino. Pero son rápidas. Es una buena solución al transporte público.
Y ahora, como siempre, algo especial para mis amigas, para que puedan seguir llamándome machista en la plena extensión de la palabra. ¡Para vosotras, muñecas!

















Para vuestra próxima e inolvidable boda. Lucirías magníficas si alquilárais este trono nupcial.
Y ahora, para seguir siendo fiel al tono apesadumbrado que me caracteriza, otra foto que demuestra el espíritu de esta ciudad. En una de las tiendas más chics (siempre cerrada con las rejas que se pueden ver enla foto) se exhibe la última moda con una maniquí de lo más sugerente. ¿Es aburrida Georgetown o no?






THAT'S THE SPIRIT OF THE CITY













Sin embargo, no voy a dejar a los chicos sin su ración de lo que más les gusta y, además, las fotos dan entrada al cuento prometido: húmedo y lujurioso.




















Y ahora el CUENTO. Algunos de vosotros ya lo conoceréis, pero no he podido terminar el que estaba escribiendo y lo prometido es deuda. Además, que es muy bueno, coño y hay que hacer publicidad. A ver si la Coca Cola quiere anunciarse en el blog.



Noches sin ellas.
Adolfo Puerta.

Uno


Otra vez comiendo queso agrio,
bebiendo ron añejo bien de mañana
y viéndote, negrita, entre las sábanas.
(Raúl Gascueña)


El cuarto huele a alcohol sudado. De la negra y mío. Y está sucio, desordenado. La negra duerme todavía; llegó muy tarde. Pero está bonita. Siempre está bonita y llega tarde. Vivimos de sus madrugadas. La espero despierto con los ojos cerrados. Casi
nunca la saludo. Follamos habitualmente por la mañana o después de comer, un poco antes de que ella se eche a la calle a buscar la comida del día siguiente. Nosotros seguimos diciendo que es jinetera, pero es puta. Sin más. Creo que todavía nos queremos. Y espero que dure mucho.


Dos

Como soy blanco y conservo un traje en condiciones pasables no es difícil que me confundan con un turista. Por eso puedo concertar mis citas en el bar del Hotel Nacional. Los dealers al principio tenían miedo; ahora les he convencido de que es un lugar seguro. No lo es tanto; si supieran que arriesgo su pellejo por nostalgia dejarían de tratar conmigo. Y así es: en este bar, en la misma mesa en la que me siento una vez a la semana, conocí a la negra hace cinco años mal contados. Mi negra se llama Virgen, tiene los ojos almendrados, la cara fina y el pelo malo.

Trafico cocaína en pequeñas cantidades: diez o quince gramos a la semana. Más que nada lo hago para que Virgen se meta; de otro modo no aguantaría las largas noches bailando y jodiendo con turistas viejos. Un día me trincarán y la cagaremos.


Tres

Nilson la Crema y yo nos levantamos antes que las mujeres y bebemos ron en ayunas en el patio de atrás. Miramos la tormenta que viene del Atlántico. Al principio es una mancha negra en el horizonte; después va creciendo rápidamente hasta convertirse en un torbellino ceniza de agua y viento sobre nuestras cabezas. La Crema da un trago de ron y dice: "como las mujeres". "Así es", digo yo.

Nilson la Crema tiene veintiocho años, es prieto como la mala suerte y está perdidamente enamorado de la mamá de Virgen, quince años mayor que él. La quiere como se quiere ahuyentar a la muerte, con vehemencia e imprecisión, con urgencia. Brenda también quiere a su negro cinturita, pero con más distancia, porque sabe que el final será llanto. Mientras tanto los dos aprovechan cualquier momento para tocarse, susurrarse y hacerse regalitos infantiles. Algunas tardes, antes de irse a la calle, Brenda se sienta en las escaleras del porche. Es la imagen misma de la tristeza y la Crema no puede soportarlo: se acerca por detrás, de rodillas, y la abraza.

-¿En qué piensas, mami? -dice la Crema.

-Deberíamos estar en otro sitio -responde Brenda.

-¿Los dos?

-Tú no vendrás.

-No te voy a dejar nunca, negra.

-Me dejarás, me dejarás.

-Si me matan.

-Me dejarás o te matarán, qué más da.

Escuchamos ruido de cacharros en la cocina. Brenda ha comenzado a preparar el desayuno. La Crema me guiña un ojo y corre hacia allá. Se oye la risa franca de Brenda; grandes carcajadas. La Crema le mete mano mientras esperan el pitido de la cafetera.


Cuatro

-Tenemos que hacerlo, 'mano -me dice Nilson por la tarde, cuando las mujeres se han marchado.

-No me fío del Neverita.

-Son setenta mil dólares, compay. Con eso nos largamos los cuatro.

-Yo no quiero irme, Nilson.

-Pero tu prieta sí.

Tiene razón: Virgen no tiene prisa, pero quiere marcharse.

-Habría que meterle terror al Neverita antes -le digo a Nilson.

-De eso se encarga mi hermano. Tú consigue el hierro.

-Es poco dinero para liarse a tiros.

-Pa estar tranquilos, papi.

-Sin hierro.

-Sin hierro.

La Crema y yo solemos inventar bastantes negocios fallidos. Es nuestra manera de pasar las largas noches sin ellas.


Cinco

Sobre la mesilla de noche hay trocitos de mango en un plato. Antes de acostarse, Virgen cortó los pedacitos y los dejó sobre la mesilla. Su olor me despierta como antes lo hacía el del café. El aroma de resina de la pulpa mamey. Virgen duerme desnuda. No me canso de mirarla cada mañana: la boca ligeramente abierta como para besar, los ojos pintados, las nalgas duras y su cuello. Le introduzco un trozo de mango en la vagina y me lo llevo a la boca: nunca me cansaré del sabor de su coño, nunca. Con el segundo trocito se humedece. Abre los ojos y chupa el pedazo; me lo como después. Y se la meto.

Las mañana son muy ruidosas en nuestra casa. Bailamos son con la música muy alta, reímos, nos perseguimos y jadeamos sobre el sofá, la alfombra, en la terraza. Follar con Virgen es como soñar con Virgen, como es un lienzo su perfil dormido recortado en las sábanas, como es la alegría su sonrisa aislada en la habitación en penumbra.


Hasta mañana. Besos y abrazos.

No hay comentarios: