miércoles, 20 de junio de 2007

Un gap

Ya sé que había prometido escribir sobre el viaje a Surinam y mostrarlo. Pero deberemos esperar. No tengo muy claro cómo exponerlo, porque en realidad lo más interesante fue el viaje en sí y, claro, en una furgoneta por carrreteras de tierra y con los baches de la estación lluviosa han salido la mayoría más que movidas. Tengo que recomponer la estructura de lo que pensaba contar y enseñar. Mientras tanto os voy a poner una foto conmovedora y un cuento que escribí hace ya muchos años en República Dominicana. No es el cuento prometido, que será de nuevo cuño, es sólo eso un gap en el tiempo.



Estos dos son un padre y un hijo que duermen en la calle. El chaval, el del muslo, debe tener entre los diez y los doce años; el padre unos treinta. Como véis, tienen muy bien cogida la postura y duermen hasta tarde; la foto está tomada a las siete y media de la mañana, cuando ya el sol castiga duro en Georgetown. No me atreví a hacerles una más de cerca y más centrada; me parecía una falta de respeto. Pero, aún así es ilustrativa. No tienen mal aspecto y el chaval está fuerte y lustroso, como se ve por su pierna. El padre está un poco más cascadete; debe beber más de la cuenta. Así viven.

Y ahora el relato, que he titulado AURORA:

No me atrevo a abrir los ojos porque sé que la primera luz del alba acuchillará ya las paredes de cartón de la cabaña. Huele a húmedo algodón la sábana barata. La cama, que no puede llamarse cama... el colchón, en parte mutilado, yace goteado y confuso sobre el piso; y mi mano derecha, que se ha caído, se arrastra en tierra: no tiene piso de cemento la casucha. Mi mano izquierda, hormigueando dormida, quedó bajo mi frente, dolorida ahora, alegre anoche.

Trato de recordar con quién me vine o quién me trajo, para ser exacto. Las voces que escucho me dan una pista, que no logro descifrar. Escucho voces de mujeres enfadadas ya en la aurora: los niños se hacen los remolones y no quieren levantarse. Ellas tienen que ir a trabajar y llegarán tarde si no se alzan. Gritan las madres.

-¡Claro! Cómo anoche esos dos nos tuvieron despiertos hasta el día...

No me queda más remedio que recordar: gritos, jadeos, gritos muy altos... ella se corrió, yo no. Pero casi estoy seguro de que me gustó. Me gustó esa negra, sí. Coño, ¿y adónde está ahora? Debería dormir a mi lado. Joder qué alaridos daba la tía... Era como una rata dispuesta a atemorizar cualquier forma de vida presente. Las mujeres del ensanche estaban enfadadas y con razón.

Huele también a hembra la cama y a guisado el ambiente, a sancocho de res, lo más probable. Ni soñar con café, me dije: no en esta chabola de suelo de tierra y en un ensanche en el que las mujeres ya gritan con la aurora. No hay café. Tenía la boca pastosa, con hebras tupidas, como liga, casi correosas. Necesitaba un café. Pero no tenía fuerza para alzarme. Cerré los ojos para esperar que algo sucediera. Ni recordaba la cara de la mujer que me llevó allí.

Aún con los ojos cerrados noté como la luz rompía con violencia en un instante la penumbra. Sin ruido, sin el chirriar de un gozne. Tampoco tenía puerta aquella casa. Una cortina, apostaría. Entró con la luz algo de viento, caliente ya a esa hora, y los pasos queditos de la chica llegaron hasta muy cerca. De mí. Y con ella creció el aroma del sancocho y, no podía creerlo, el olor inconfundible de la coca-cola.

Me moví un poco. Quería que supiera que podía despertarme si lo deseaba. Yo sí deseaba abrazarla de nuevo, besarla... pero mi boca debía ser un vertedero, la puerta abierta al mundo de un vertedero, por lo menos. Aproveché para subir la mano a la cama: mientras percibía los movimientos y olores que detallo una imagen repugnante corría en paralelo por mi mente: mi mano a punto de ser picada por una araña, o regada por el moco de un caracol, o recorrida por los pequeños, múltiples y ágiles pasos de una cucaracha. Todo es posible en los pisos de tierra. Recuerda volcar los zapatos antes de calzarte, me dije, aunque ya preveía que, como en la práctica totalidad de resacas descalzas, olvidaría hacerlo llegado el momento. (Alguna noche en otro tiempo, en otro país, la premonitoria borrachera había convocado imágenes tan precisas y alarmantes que no dudé en dormir calzado, follar calzado y proferir tras el coito tiernas frases amorosas sin otra prenda encima que mis botas Panamá Jack de piel rosácea).

-Aquí está el desayuno, mi rey.

-Gracias. Huele bien.

-Es caldo de res. Y coca.

Un plato y un cacillo de metal con el asa atornillada.

-Dame la coca-cola.

-Deberías comer algo de caldo antes. La coca cola no es buena en ayunas.

-¿Y el ron de anoche sí lo es?

-Lo pasamos bien -responde con calma, pero ya ha notado que soy otro esta mañana.

-¿Queda ron?

-Nada. ¿Quieres que vaya a buscar?

-Anoche no teníamos ni un peso.

-Ahora tampoco.

-¿De dónde has sacado el desayuno?

-Fiado –me dice sin recalcar la palabra. Ni siquiera le han fiado una botella de coca cola llena: una pinta de coca cola para el amado.

-El Pulpo nos dejó ayer un montón de plata –le digo.

-¡Bah! Cincuenta pesos.

-¿Crées que vendrá a buscarlos?

-Dormirá hasta tarde. Confía en ti.

-No me conoce.

-Ya sí.

El Pulpo es un motorista, un motoconchero, que gana muy pocos pesos al día. Cincuenta deben ser mucho. Es verdad que yo anduve pagando toda la tarde, pero es lo normal, ¿no? Lo que se espera de un guiri. Más inesperado resulta que el propio guiri, encandilado por una muchacha, siga pidiendo prestado para emborracharse y emborracharla.

-¿Tienes teléfono?

-¿Aquí?

Ríe. Su risa atruena la cabaña y el barrio. Fuera otras risas corean. Por primera vez en veinticuatro horas pienso que puede ser puta. No ha hecho la mínima insinuación. Y me odio por pensarlo. Me ha traído el desayuno, ha pedido fiado para que yo desayune. Sabe que no tengo plata. Cero pesos. Deudas con gente de su barrio. ¿Cómo va a ser puta?

-¿Tú no desayunas? -le pregunto.

-Ya he tomado un café en el colmadito.

Falso. Su aliento continúa oliendo a ron y a mí. Sólo yo desayunaré de fiado.

-No me apetece el caldo. Con la coca me vale. Cometelo tú –insisto.

-Mira como te tiemblan las manos. Come. Sobre todo esa grasa que flota en el caldo. ¡Menuda pinta tiene! Si yo no hubiera desayunado ya...

Trata de mantener el engaño y sus ojos negros brillan ahora más que anoche. Quiere verme comer y supongo por qué: quiere ver desayunar a un hombre aún sin levantar de su cama, en su propia cabaña. Necesita sentirse acompañada, aunque sea por un instante, aunque sea una ilusión, aunque caduque.

Sentada en el suelo me mira con una sonrisa que yo querría conservar en mí, acompañándome, querría que esa sonrisa me acompañara ya para siempre.

Vilma, me dice que se llama Vilma, me abraza justo antes de que yo vaya a hundir la cuchara, ligera y deslustrada cuchara, en el cuenco. Ayer follé sin condón, grita mi cerebro. El temblor de mis manos aumenta. Tengo que controlarlo, pero no me atrevo a beber de la coca por si derramo todo el contenido del cazo. Sonríe una vez más y ella misma levanta el cuenco del caldo y me lo lleva a los labios. Noto de inmediato el beneficio del calor y la sustancia en mi cuerpo. Iba a decir "te quiero", pero no supe muy bien por qué.

Con engaño, hablando del sol y de la fuerza que derrama, la llevé hasta la plaza polvorienta del pueblo y, cuando vi la cabina de teléfono, la besé, con lengua, en la boca, en el cuello. Me respondió. No parecía importarle que todos aquellos haraganes que se apoyaban en las columnas de madera de los soportales, los que se sentaban sobre barriles de cerveza, los que apoyaban el culo en el asiento herido de sus motocicletas la vieran besando a un blanco extranjero. De modo que... no le importaría pedir por mí veinticinco centavos para una llamada. Se lo rogué, lo hizo, llamé a Juan. En menos de media hora mi amigo entraba en la plaza con su coche. Sin apenas palabras me despedí y subí al carro. La negra quedó junto a la fuente. Hasta que se hizo pequeñita, pequeñita. Nos habíamos querido sin condón y jamás la volvería a ver. Ella tenía uno sus caninos roto, partido por la mitad. Es todo lo que recordaré de por vida.

That's all, folks. Un beso.

martes, 19 de junio de 2007

Final de Canas y Barro.

Por fin, queridas y queridos, acabo de terminar Canas y Barro y vuelvo al comienzo de la entrada para dar esa buena noticia (aunque supongo que, gracias a mi vaguería y subsiguientes vaciedades, a nadie le ingteresará ya ese final; puede que ni siquiera os acordéis de que os debía un final). Ya os lo recordaré via correo electrónico.

Sólo pedir que disculpéis las probables reiteraciones, los olvidos, el mal gusto en el estilo y las contradicciones que todo escrito a vuelapluma presenta.

Antes del cuento una foto del viaje a Surinam: La orilla que se ve al fondo, muy lejos porque el río era enorme aunque no lo parezca, es Surinam. La estructura que se adivina detrás de mí el ferry que nos llevaría finalmente hasta allí, hartos de esperar.














Mañana el blog irá sobre el viaje a Surinam. Y prometo escribir un cuento mucho mejor. También basado en hechos reales pero con más elaboración, sin vuelaplumas. Pensado y corregido (¿saldrá mejor?). Lo veremos en el próximo episodio.

Seguro que ya nadie se acuerda y aunque se acuerde no le interesa el asunto de por qué a mi amigo C. le salieron canas en una noche, casi ni me interesa a mí recordarlo, pero de vez en cuando siento un pinchazo en la conciencia y al tiempo oigo una voz que me dice que no he dejado un cuento sin terminar y encima un cuento “publicado” (mi conciencia no es tan severa cuando el cuento no está “publicado”, como lo demuestran las decenas de manuscritos que tengo sin terminar. Sea como sea, para los vagos que no quieran ir a anteriores entradas del blog, ahí van las últimas palabras de la entrega anterior. Sólo recordar que las decía C.:

“La verdad es que no tardé mucho en encontrarles: a dos manzanas de mi casa vi un tumulto; me abrí paso entre los curiosos, cuando llegué al centro encontré al jefe tirado en el suelo en una postura imposible (un brazo le quedaba justo en la espalda, con la mano en el sitio en el que no alcanzas a rascarte; y una pierna formaba un ángulo recto con su cadera) y al subjefe arrodillado en el suelo llorando y rezando. Al presidente de la recién creada federación, al jefe de los cunas, le había atropellado un autobús de tamaño mediano. Estaba tan muerto como el amor que sentí por mi segunda novia.

C. quedó en silencio durante unos minutos. Supongo que pensaría en su primera novia o en otra cuyo amor no estuviera todavía muerto… si es que los hombres, o al menos los hombres que cumplimos entre los cuarenta y los cincuenta el año 2000, podemos amar.

-Sigue –le dije-, eso ya lo has pensado cien veces.
-Cada día. No hay día de mi vida en que no piense en alguna de ellas. Siempre con dolor, tío, a veces con rabia, a veces con culpa, pero siempre con dolor.
-Dale, coño, ¿por qué te quedaste cano?
-La mitad de los gordos que ves por ahí, la mitad de los calvos, la mitad de los canos, lo son por una mujer. Ojo, no digo por culpa de una mujer, digo por una mujer. A la que creyeron querer y ella les demostró que no era así, que no la querían, que la necesitaban, la deseaban, pero no la querían. Una o varias. Algunos no aprenderemos jamás. Sólo nos damos cuenta de lo que tenemos cuando lo perdemos.
-Eso es sabiduría popular y la tenemos prohibida en nuestra religión.
-Ésa es la verdad.

Ya se sabe lo que es un canuto de maría. A veces piensas con sentido. Le cambié el rollo.

-O sigues con lo de los indios o me duermo junto a mi cucaracha.
-Llamé a una ambulancia superflua. Y luego a la policía. El subjefe, que venía todo el tiempo detrás de mí como un perrito, llorando, arañándose la cara y los brazos, rasgándose la camisa, desapareció en cuanto le dije que teníamos que ir a comisaría a prestar declaración. Se largó como un cherokee de las películas, con sigilo y eficacia. En un momento creía que seguía a mi espalda con sus rituales y al siguiente ya no estaba allí. Salí a buscarle. No lo encontré. Presté la declaración yo solo. Sin problemas. Un atropello. Muerte accidental con el conductor dado a la fuga. Puede usted marcharse.

“¿Adónde?”, les pregunté. El cabo me contestó: “a devolver el cadáver a su pueblo”. Coño, no había tenido tiempo de pensarlo. Había que llevarse al muerto y a su pueblo. Y en ese momento se me pasó por la cabeza: “por eso ha desaparecido el subjefe, para no dar la cara con el cadáver”. ¿Y yo qué? Se me ocurrió presentarme en la institución indigenista a la que pertenecía y pedir consejo y, en su caso, un todo terreno para llevarme al muerto. En la institución, su propio director, me aconsejó que no volviera jamás a ese pueblo y que, si continuaba en Tegucigalpa, andara con ojos en la espalda. Para la tribu yo iba a ser el responsable de la muerte del jefe: yo lo había sacado del pueblo, yo lo había traído hasta la muerte. Muchos pedirían venganza. El propio subjefe podía aprovechar la circunstancia para, azuzando a la gente contra mí, obtener apoyos para su posible jefatura. Desde luego, él, el director, no volvería jamás. “Pero así sí que pensarán que yo he tenido algo que ver”. “Que piensen lo que quieran, me contestó, mientras no te encuentren…”. “Présteme un toyota hilux”, le dije.

“No podía dejar creer que yo había tenido alguna responsabilidad y menos, no sé por qué, no sé si volvería a hacerlo, pero menos iba a dejar de dar la cara y tratar de contar la verdad. “Con un chófer”, me contestó el director. “Yo solo puedo llevarlo, no hace falta que nadie más venga”. Y el director: “Si no va nadie contigo, ¿quién me devolverá el hilux?”. Estaba visto que el tipo no daba un peso por mi vida. Tenía cojones la cosa, ¿no?

-¿Volviste?
-Como un señor. Con el muerto pegando botes en la pick-up del toyota. Y un chófer que se cagaba más y más según íbamos acercándonos al territorio cuna. Y cada vez que el miedo le acudía, se sacaba un peine del bolsillo de la camisa, me pedía que sujetara el volante y se peinaba. Al final llevaba el pelo bien lisito y pegadito al cráneo por el sudor y el constante peinado. Y eso que era un mulato oscuro con pelo malo.

“Yo también empecé a sudar cuando cruzamos las primeras aldeas de los cunas. En un principio no sabía por qué, pero notaba el ambiente raro, no amenazador, raro. Esa extrañeza terminó a medida que nos acercábamos a la aldea en la que el jefe había vivido. Entonces supe lo que no había sabido comprender: no se veían mujeres y sí muchos hombres por los senderos en dirección a la aldea del jefe: todos los que no eran mancos con una botella de aguardiente de caña en la mano izquierda y un machete en la derecha; en el caso de los zurdos era al revés. La reunión era en la aldea. ¿Quién les había avisado de que llegábamos? Ni puta idea. Tal vez el director de la institución; tal vez desde las primeras aldeas del territorio: el cadáver del jefe era bien conspicuo descoyuntándose en la caja del hilux.

“Cuando por fin llegamos a la aldea principal la asamblea ya estaba montada. Al ver el coche fúnebre se callaron. Tengo que decir que nadie me dijo nada, ni una palabra, ni de odio ni de apoyo ni siquiera de curiosidad. Los hombres se acercaron al carro y con mimo bajaron a su jefe. Me extrañó que su primogénito, el de las rayban, los levis y las nike no estuviera por allí. Yo trataba de explicarles pero… no me hacían caso, como si no existiera. Pregunté por el subjefe: “¿Ha vuelto?”. Un niño, sólo un niño asintió con la cabeza. Tampoco el subjefe estaba a la vista: no quería confrontar su versión, cualquiera que hubiere sido, a la mía. Los hombres seguían con los machetes y empinando las botellas de aguardiente. Rápidamente hicieron un altarcito que rodeaba la cabeza del cadáver. Luego me rodearon. Parecía que, una vez ritualizado el óbito, si tenían interés en mi explicación. La recomencé. La conté entera. La verdad. Alcé ante todos el atestado de la policía en el que explicaba la muerte accidental y el conductor dado a la fuga. Seguían sin dar su parecer, aunque entreví miradas nerviosas y que no se dirigían a mí sino a algún lugar de los alrededores de la aldea. Todos esperaban que algo viniera de fuera y sucediera lo que tenía que suceder. En parte por confraternizar, en parte por verdadera sed, pedí una botella de aguardiente. Me la dieron y bebí. Un trago largo, largo, ardiente. Luego otro más pequeño, como un chupito, y luego tiré algo de aguardiente al suelo para los dioses. Todo correcto. Pero seguían sin hablar y rodeándome. ¿Qué coño más querían? Saludé a algunos que conocía con mayor profundidad, algunos que se habían emborrachado conmigo y con gusto varias veces, les di mi más sentido pésame y me dirigí hacia donde estaba la pick-up con el chófer esperándome. Claro, no me estaba esperando. Se había pirado al ver el aguardiente y los machetes. Al no ver mujeres. Se había pirado porque se había pirado: para dejar de repeinarse. Estaba solo. Los hombres venían tras de mí; allá donde yo me moviera, me seguían y si me paraba me rodeaban en silencio. Empezó a llover con fuerza.

“Por eso en un primer momento atribuí a las lluvia un murmullo creciente que parecía acercarse. Algo parecido a los que sucede cuando en un partido de fútbol el público ve cómo va cuajando una jugada. Comienza con un débil rumor involuntario, fruto de la exaltación, de los nervios, y luego se convierte en un griterío voluntario y vibrante. En esta última fase comprendí que no era la lluvia, o no era sólo la lluvia, eran los hombres que me rodeaban los que miraban hacia un punto concreto y emitían el rumor y luego el griterío. Como cuando corres en San Fermín, de repente vi que los hombres se abrían, que dejaban un pasillo, aunque yo no podía ver a qué le daban paso. Solamente cuando estaba a diez metros de mí supe de qué iba: el hijo del jefe, con sus ray-ban corría hacia mí machete y botella en mano. Los hombres se apartaban. Traía el machete alzado; el filo brillaba con la lluvia; hasta la herrumbre brillaba con color de minio. Venía a cortarme con el machete. Quizá se conformaría con cortarme un brazo.

“No voy a decir que no pensé en correr. Claro que lo pensé. Brevemente. En carrera, el indio me alcanzaría en menos de veinte metros y el tajo me lo daría en la espalda. No podía hacer otra cosa que esperar el golpe y tratar de evitarlo, aunque yo sabía que es imposible evitar el corte de un machete con las manos vacías, quizá con una bolsa que hubiera podido llevar en la mano, con un palo, con algo. Pero con las manos vacías el primer corte era seguro. Y aguanté. El indio estaba a un metro; el machete a punto de caer y yo ni siquiera sabía hacia dónde tiraría la estocada. No me pasó la vida por la cabeza en un segundo como en una película, si bien sí es verdad que me acordé de una novia que tuve y a la que, en secreto, seguía esperando. Ya ves tú lo que son las cosas, iba a morir o, al menos, a quedar cercenado, inválido, y me acuerdo de una novia, ya casada con otro, a la que siempre predije un mal matrimonio y de la que siempre esperé una rectificación y su regreso. Eso es lo que pensé antes de morir o algo que se le parecería bastante.

“Lo demás ya no es para contarlo. No puedo contarlo. No doy la talla. No doy la tensión. Eso sí, no cerré los ojos. El hijo del jefe iba a consumar su venganza… justa. Para él, claro.

“Sólo en el ultimo segundo, con el machete ya bajando y dirigido hacia mi brazo derecho, un hombre, unos de mis compañeros de borrachera habitual empujó al heredero del muerto, que cayó al suelo. Llevaba una trompa de campeonato. Intentó levantarse varias veces, siempre en silencio, y terminó dejándolo por imposible. Se quedó durmiendo en el suelo. Entre varios lo levantaron y se lo llevaron a su casa. Respiré. Pero no podía irme. Quizá hubiera debido ponerme a caminar hasta una aldea lejana, en la noche, y esperar allí un transporte hasta Tegucigalpa. Y eso hubiera sido la confirmación de mi culpa y mi miedo. No podía pirarme, como me aconsejaban. Me fui a mi cabaña con una botella de aguardiente y me senté en un rincón, a esperar que el hijo del jefe despertara de su tajada y volviera. No pude pirarme, te lo juro. Era como si hacerlo significara terminar conmigo mismo. Ser un cobarde para siempre. Me quedé. La noche en vela, bebiendo (recuerdo que pensaba que por lo menos serviría de anestésico si volvía para cortarme). Casi ocho horas hasta que amaneció. Después supe que un par de hombres habían montado guardia ante mi cabaña toda la noche para evitar mi asesinato. Por la mañana, me miré en el único espejo que tenía: el viejo tapacubos de un coche. Noté algo raro, pero lo achaqué a la inexactitud de mi espejo. A media mañana recogí mis cosas, muy pocas, una bolsa de deporte de las medianas y me fui a vivir a una aldea como a unos veinte kilómetros. Sólo dos meses después solicité el traslado, ¿te acuerdas?

Sí, claro que me acordaba de su solicitud de traslado, pero había argumentado una enfermedad, una alergia a una planta que crecía en todo el territorio cuna. Jamás había contado ni una palabra y, supongo, había impedido que lo contara el director de la institución indigenista. El traslado le fue concedido.

-¿Te quedaste cano esa noche? –pregunté.
-Supongo. Sólo lo supe cuando conseguí en un bar un espejo, una semana después. Mi pelo estaba gris, casi uniforme. Después he recuperado mi color en algunas raíces.

Onda rugió: quería que cesara la charla. Callamos. Onda rugió: quería saber quién había cogido su bolsa de plástico con la marihuana a la que habitualmente se abrazaba mientras dormía. C. le aseguró que le pagaría al día siguiente y bien. Yo protesté: en el precio que les hacía a las canadienses entraba la marihuana.

-Pero vosotros sois unos pendejos –dijo Onda y alegre sabiendo que cobraría volvió a dormir profundamente.

No volvimos a hablar de eso jamás. Aunque también es verdad que ahora tampoco nos vemos mucho. ¿Es posible que todos nos acordemos de una novia en el momento de la muerte? Pensando en eso me quedé dormido.

Fin Canas y barro.

viernes, 15 de junio de 2007

Cambiando de aires.

Hoy os voy a poner fotos más que nada; un poco un cajón de sastre, para terminar con la serie Georgetown. ¡Mañana por fin me voy a Pananaribo, Surinam, en voladora! 16 horas de viaje por el interior de los dos países, Guyana y Surinam. Espero atreverme a sacar buenas fotos y alimentar en blog durante días. Por que en Gerogetown está todo visto. Es un pueblito. No hay más. O, por lo menos, yo no veo más. Ya me he acostumbrado y no veo lo que debería ver. Hay que salir pitando.


















Primero una anécdota para entrar en materia. Ayer, hablando con una chica, terminamos cayendo en lo de siempre. ¡De verdad que no crees en Dios? Gritan ellas con verdadera y piadosa angustia. Yo creo en todas las mujeres si me hablan de amor y no creo a nadie que me hable de dinero. Me salió así y me ha parecido gracioso comentarlo. Porque si algo sobra aquí son creyentes, muy variados, pero creyentes; de verdad se sorprenden cuando se enteran de que eres ateo.














No me digáis que la de la pamela no tiene mérito; está saliendo de la iglesia, de la Catedral, lo que se desprende de su aparición en ambas fotografías. Y ahora, a la puerta de la mismísima catedral, en el mismo momento de las dos fotos anteriores a Miss noséqué Contestant, que con su recién estrada volvía a su pía casa en mobylette.














Otra creencia:















Otros creen en el tiempo:









Y en fin, otros en el dinero:
















Otros en las banderolas votivas como protección para su negocio:
















Y, por último, también los hay que creen en las ceremonias:













Olí a barbacoa y me acerqué. Las cenizas que se ven tenían una vaguísima forma de perro. Alguien había colocado unas flores junto a las cenizas. Supongo que habían quemado al perro una vez muerto. Y, además, a un ser querido no se le entierra en una papelera. Tiene razón, aunque el alcalde lo pida por favor.
Y yo también me he convertido. Ha sido un instante de revelación. Leyendo el lema de una compañia de seguridad he comprendido, si no el universo, sí la base de las relaciones entre humanos libres.





BUENO, CHICOS Y CHICAS, LA PRÓXIMA SERÁ EN PANANARIBO. BESOS.

martes, 12 de junio de 2007

arte

Hoy, como estoy preocupado, angustiado sería más propio, con el guión que tengo que entregar, no voy a poder dedicarme mucho a escribir el blog (tampoco es que escriba el capítulo, pero me siento como traidor escribiendo otras cosas). Por tanto, voy a dedicar esta entrada al arte que puede verse en las calles de Georgetown. ¿Os acordáis del salón de belleza que se anunciaba con un negrón desnudo haciéndole la manicura a una cliente? Yo os lo recuerdo:

Sinceramente, me gusta, me emocionan incluso los carteles; mucho más que los museos. Lo juro por dios. Unos por las imágenes, otros por las letras, otros por la ingenuidad, otros porque sí, porque son muy buenos.



A continuación una serie de carteles de todo tipo y pelaje cazados por las calles de Georgetown.















Este cartel interesa por el contenido, por mostrar la variedad de creencias y etnias que este país incuba.

Para mayor muestra basta un botón:













O dos botones:
Y ya que estamos con letras, sigamos con letras, aunque os prometo que los mejores carteles artísticos están aún por venir.


























Y ahora un menda que lle va un carrito en el que reza, literalmente, chabola del teléfono móvil; lo que no sé es si vende llamadas (muchos lo hacen) o si es sólo un chiste.





Y también tenemos peluquerías para que los aficionados a los deportes puedan fantasear con su cabello como sus ídolos de cualquier deporte de masas, en especial la NBA:


Y además la misma publicidad que hacen las barber shop o los beauty saloon, hacen las iglesias, ya sean pentecontalista o adventistas del séptimo día o witeness Johova, da igual, el caso es que la gente se fije y siga tus recomendaciones. Una pausa para la publicidad.




Esta iglesia, creo que adventista, está bien organizada y creyendo en ellos te salvan la vida. Lástima no tener unas tragaderas tan anchas; si no... tendría mi vida resuelta, no sólo en lo espiritual y en el miedo a la muerte, sino también en lo social. Sin descanso; bueno, sólo los lunes.




Aunque también es verdad que hay algunos que rotulan letras y no tienen intención de ser entendidos más que por unos pocos; estos artistas suelen ser minoritarios y chinos:















Fucking english people!!! Que se jodan!!! Si no saben lo que repartimos, peor para ellos.

Esto ya era en el faar west of the city; in the far, far, far west of city we can found this one other: herramientas para mineros. Ya lo había preguntando antes, pero... ¿de verdad que ninguno quiere apuntarse a ser minero de oro y diamantes? Es una pena. Con un compañero/a me iría buscar piedrecitas:


Y ahora nos dejamos de contenidos superexplicativos y vamos de verdad al arte por el arte; al vuelco del alma en un concepto, a la comunicación overall, vamos a las imágenes de verdad de la buena. La siguiente foto, por ejemplo, muestra una religión que yo seguiría sin cansancio y sin pausa, pero... ¡coño, es que sólo llena un día a la semana!









Por cierto, en este sitio, además de escuchar los oldies de los setenta y más, también se comen unos currys buenísimos, aunque excesivamente picantes.
Las siguientes me conmueven:















Y también la siguiente:














Y la siguiente de Maggi me pone nostálgico:






Es una imagen parcial del estadio de cricket, el deporte nacional:





Y a continuación la fe de la gente en dos caras del mismo carrito.















Y ahora viene el arte de verdad, con mayúsculas, El ARTE, sin más complicaciones, sin más palabras, lo que de verdad le da sentido a ir al tercer mundo:












Y, naturalmente, su torna, su contrapartida, esta vez genial de verdad, de la buena; llevo no sé cuánto tiempo intentar hacer estás fotos con buena luz y, al final, las ha hecho Juan.
















Y tampoco he querido evitar estas dos siguientes. Me imponen:

De texto no, pero de imágenes vais bien servidos (nadie que no tenga un blog puede imaginar lo coñazo que es editar con imágenes). Besos y abrazos.

viernes, 8 de junio de 2007

Reportero sin sombrero

Me temo que hoy voy a ser parco en palabras y en acciones. Me he pegado un madrugón de puta madre para poder entregar a tiempo el capítulo de la serie de esta semana y me siento cansado de estar frente al ordenador, me duele la espalda y un poco las piernas porque, después de terminar, me he hecho unas cuatro millas (aprox. 7 kilómetros caminando para bajar todo el café que me había tomado). Sin embargo, he tenido suerte y un incidente, accidente, me ha permitido alimentar el blog sin tener que deshacerme la cabeza, que no está para muchos trotes, todo hay que decirlo. Y más si se sabe que mi obligación sería terminar el cuento de las Canas y Barro en esta entrada.
Primero el accidente. Iba yo caminando y fotografiando, como siempre, carteles (lo siento, es lo que, junto a las flyers, más me gusta). Carteles del tipo de:





















Cuando me encuentro este otro curioso cartel:








Justo, una tienda de fotos de marca ACME, como los artefactos que constantemente pedía el Coyote para cargarse al Correcaminos (y muchos otros cartoons más). Qué gracioso, me dije. Y le hice una fotografía. Estaba apretando el disparador cuando escuché un frenazo y un cataclac. Me giré. Una flyer había atropellado al carricoche de un hombre, un porteador, supongo, que afortunadamente estaba vacío




¿Veis al señor de la izquierda con dos ruedas y un palitroque como si fuera un muchacho? En realidad, él llevaba un carro más largo, un carro apropiado para trasladar mercancías de un lugar del mercado a otro. La voladora se lo partió en dos. El capullo de la bandera española es sólo un testigo, aunque él parece creerse más. El resto del carrito os lo muestro a continuación:








Esa cosa pintada de "minio", creo que se dice, es la otra parte del carrito, la que le falta al hombre de las dos ruedecitas que, por cierto, llevaba una keepa judía, no sé si por afición, por confusión o por cubrirse con algo. Tienen la manía de llevar cosas en la cabeza.

















¿Veis la keepa? A lo mejor es judío, no lo sé. Después, claro, como en todos los sitios, se montó la discusión (animada principalmente por el testigo rojo y gualda).














Bueno pues fue un cachondeo de discusión hasta que llegó el comandante y "mandó a paral"










El que viene, claro, es el comandante. Él puso fin a la discusión: Shut up! Shut your maouth, go away!

Y ahí terminó todo. El pobre se quedó sin carro como yo sin abuela. El de la flyer salió echando hostias. Fin del incidente. No hay justicia. ¿Podría catalogarse como una actuación antisemita de la policía? Nadie lo sabrá nunca.
Por cierto, ¿os habéis fijado en el casco de la curiosa motorizada? Están de moda los cascos nazis entre los motoristas, hegemónicamente de moda. Vaya si no otra muestra. Yo es que no puedo dejar de descojonarme cuando les veo (creo que ya lo he dicho, pero no se lo quitan ni para entrar a un restaurante y comer; hay que ser siempre lo que uno es; be yourself).








Éste es otro ejemplo de uno que pasaba por allí y que da una idea de la hegemonía.




Sin embargo, a la mayoría de la gente le traía al fresco el incidente-accidente. Éstos otros también andaban por los alrededores. Ni se inmutaron.














Como no se inmutó éste otro:
Ni éstos que viene a continuación:
































Nada, ni un poquito, que ahí se las den todas. Lo único que mueve a todo el mundo al mismo tiempo es el dinero; puede que también el amor, pero de eso no hay pruebas.



















Fijaos en los fajitos de billetes (y estos no son los más gordos); la mayoría de la gente lleva así la pasta, incluidos los niños.
Quizá también mueva al mundo la esperanza; como esta señora que vende zapatos usados (probablemente recogidos de la basura porque algunos de ellos no son pares, ni parejos, ni simétricos, sólo tienen una apariencia levemente semejante).






Oye, sabéis que si pincháis en las fotos se pueden hacer más grandes y verlas mejor, ¿no? Yo es que me enterado ahora. Espero habérselo descubierto a alguno.


Con el relato... ya no puedo. el lunes, seguro. Besos, mamis y papis. Rezaré mis oraciones por vosotros.