martes, 17 de julio de 2007

Amazonas, la jungla picante

Mucho más que el viaje a Paramaribo, éste hacia el Amazonas, hacia el sur, hacia la selva, fue preparado con entusiasmo, no con minuciosidad, que ésa no entra entre mis virtudes, pero sí con entusiasmo y ansiedad. ¡La selva! ¡La jungla virgen! Los miles de kilómetros cuadrados de alta vegetación (crecen las especies rectas como reglas "tirando" hacia la luz) ininterrumpidos, desérticos, que hay que atravesar; el estado real de pistas y caminos... ¡en temporada de lluvias!, el interrogante sobre nuestro punto de destino (no sólo si lo alcanzaremos o no, sino cómo será el guar: ¿nos proporcionará lo imprescindible para quitarnos de encima los kilos (sin exagerar) de arena roja que se han pegado a nuestra ropa y nuestra piel, que se han hecho fuertes en zonas rugosas como las ingles y el ombligo, que han convertido nuestro pelo en un casco rígido y de un terciopelo basto como el de esas tribus amazónicas que nos enseñan por televisión?

No tuvimos para empezar otra opción que ir en coche y el coche sólo lo conseguimos la noche previa a la madrugada en la que debíamos salir, es decir, con 6 ó 7 horas de adelanto. No hay agencias de alquiler de coches en Guyana: no hay multinacionales, claro (Hertz, Avis, Budget...), pero tampoco las hay locales; tan sólo en algunos garajes puede verse escrito a mano un "rent a car", que indica que allí están dispuestos a "prestarte" un coche, pero por supuesto sin seguro y sin una revisión previa que te permita viajar con tranquilidad. Para empezar, después de preguntar en dos o tres sitios, comprendimos que jamás nos alquilarían un 4x4 si les decíamos la verdad sobre nuestro destino (no que nuestro destino fuera negro o que las estrellas nos hubieran vaticinado un destino no feliz, no): comprendimos que si les decíamos que íbamor a Rock View, a 400 kilómetros de Gerogetown por esos caminos infernales y llovidos, por la selva, jamás nos lo prestarían. Al último rent a car llegamos ya mintiendo: vamos a New Amsterdam, o algo así dijimos. New Amsterdam es una población a no más de doscientos kilómetros al este de Gerogetown y, parece ser, con carreteras decentes. Aceptó el dueño del coche (una Toyota Hilux 4x4 con techo rigido y sin pick up en la trasera) y cuando le pedimos copia del contrato de arrendamiento, muy amablemente se negó: no es costumbre aquí, dijo, después de hacernos dar vueltas en torno al coche varias veces para que quedara nítido que estaba entero y en "perfectas" condiciones para un viaje a New Amsterdam. No se nos ocurrió hacerle una foto al auto cuando todavía estaba entero; meto aquí la foto del coche de nuestro acompañante, que era del mismo modelo, aunque 10 años más nueva y con pick up.


Así estaba antes de salir de viaje la Hilux, que es propiedad de Xabi, un catalán (el 25% de la colonia española en Guyana) que lleva viviendo 4 ó 5 años en Georgetown. Suya fue la recomendación de que no viajáramos solos en coche, es decir, en un coche solo, porque (evidentemente) con ese nivel de población del país, viajando solo puedes tirarte un día entero sin cruzarte con ninguna persona o vehículo y, por tanto, sin la posibilidad de que te proporcionen ayuda. Para ilustrar lo anterior, baste decir que cronometramos los tramos en que no veíamos a nadie (ni a nada): el más largo fue de 5 horas; y también el hecho de que no se pueda salir sin llevar 30 galones (120 litros de gasolina en el portaequipajes). No sé si lo he contado en alguna otra ocasión, pero el país cubre la mitad de la superficie de España y tiene una población de... ¡700.000 habitantes! Para colmo: el 95 % de esa población vive en la franja costera. En cuanto te sales de esa franja, las oportunidades de encontrarte a un humano vivo tienden a cero, lo mires por donde lo mires.

Sea como sea, a las 6 de la mañana del día de autos, nuestos dos autos se pusieron en camino. Alegres, dicharacheros, nos lanzamos a la carretera o digamos "pista" o digamos que comenzó como carretera, se convirtió después en una pista, un poco más tarde en camino forestal para terminar siendo una senda por la que difícilmente cabía un coche (por suerte no hubo muchas ocasiones en las que tuvimos que salirnos del camino para dejar pasar a otro vehículo que venía de frente). Sobre nuestra experiencia, sólo Xavi había hecho aquella ruta una vez y prácticamente no se acordaba. Os presentaré a los miembros de la expedición: en nuestro coche viajábamos Marta, su marido Juan y yo:















Estoy buscando pero no encuentro ninguna foto en la que aparezcan juntos los miembros de la otra tripulación; os los enseñaré por unidades.







La chica que se ve al fondo es Inge, holandesa, trabajadora de la Cooperación para el Desarrollo; lleva también muchos años en Guyana, aunque nunca había hecho está excursión; llegó como cooperante y ahora es Jefa de cooperantes.





¡Joder, ahora encuentro otra foto mejor de Inge! La pongo como sobreilustración:
Bien. esa es Inge. Nos falta... ¡Helen! Helen es inglesa y la representante de la Comisión de la Unión Europea en Guyana; es también una girl-scout y, como previsora se había traído botas de caucho, actuaba como guía para explorar la profundidad de los enormes charcos que, a menudo, aparecían en medio de la carretera:










Aquí la vemos explorando, sin perder nunca las formas, como era de esperar conociendo sus modos tan british.









Por último nos queda Xavi a quien, como es chico, le hice muy pocas fotos. (Debo aclarar que no todas las fotos que aparecen en esta entrada son mías). Y nadie se ha molestado en enviarme alguna.








Éste es Xavi; debe tener como 35-37 años, de los cuales muchos (10 más o menos) en América.



Los seis formábamos la expedición al Amazonas, a Rock View, a la angustia y a la risa; la expecición hacia una forma de vivir la selva que, me da la impresión, se pareció más a un viaje de principios del siglo XX que a uno de este comienzo del XXI. Lo digo porque cuando finalmente llegamos a nuestro destino, resultó ser un lodge con unas 10 cabañas cuajaditas de multitud de pequeños y agradabes detalles: jugo de lima helado permanentemente en la habitación, una linterna y un pagaguas colgados junto a la puerta de salida de las cabañas, drink social a las siete de la tarde todos los días (para que los huéspedes conociéramos al anfitrión y nos conociéramos entre nosotros), chinchorro en el porche para quién, valiente, se atreviera a dormir al raso, junto a billones de algo a lo que nosotros, por ignorancia, llamamos mosquito (según escribo comienza a picarme el cuerpo en el orden preciso: primero los pies, especialmente el empeine, luego las pantorilas, después las manos y los brazos y, finalmente, los puntos más difíciles de alcanzar en público sin perder las compostura: ingles, culo, sobacos y la zona ciega de la espalda. Otro detallito que se sumaba para conseguir un ambiente colonial decimonónico eran los desayunos: variados, pero siempre con algún detalle brtish (lengua de vaca, arenques salados, porridge...). Terminaba de cuajar ese ambiente colonial una gran cantidad de empleados que corrían de aquí para allá, atentos siempres a nuestras demandas (resultó que la gran mayoría de ellos eran descendientes de Collins, el inglés que había creado todo aquello (zoo de fauna local en miniatura incluido) en medio de ninguna parte.







El que se ríe y viste de orange es Collins; el payaso que simula un intento de suicidio con el sofisticado sacacorchos es un idiota que se coló en la cena: era el hermano del amigo de una señor... que no vino a la fiesta... (Fragmento de una gran obra titulada: LOS GORRONES)


Las dos indígenas, o amerindias, que están entre Xavi e Inge son familiares de Collins: la de la izquierda es una de sus esposas; la de la derecha una de sus hijas, aunque ya digo que hay tantas y tantos que se confunden.








Por último, en cuanto a personajes (aunque había más no los voy a presentar), nos queda Allende (nombre propio), una madrileña con la que en seguida hice muy buenas migas porque... me sorprendi... o nos sorprendió a los dos encontrar en aquellos parajes, tan lejos de todo, a alguien con tu mismo acento macarra. Es... no sé como encotrar a tu hermana. Allende es también cooperante.














Y ahora, POR FIN, voy a ver si tengo material suficiente para montar una narración del viaje con las verdaderas aventuras, porque hasta ahora (seguro que lo estáis pensando) la entrada tiene toda la pinta de ser un relato de cualquier fin de semana de adolescentes. Aparte de la lucha inmisericorde y perpétua contra insectos varios, mjy, muy, muy variados, lo importante en este viaje no era el destino sino el viaje en sí.
ON THE ROAD.

Tengo que decir primero que, como siempre pasa, las fotos no son capaces (a no ser que sean muy buenas y con mucho tiempo para tomaras) de reflejar los accidentes de la carretera, lo amenazadores que se sienten cuando vas al volante, lo paralizantes que son cuando comprendes la magnitud de los daños. Por lo que, algunas de las que veréis parecen de poca monta pero... hay que estar allí para verlos. Es como los toros, ningún japonés se hace una idea exacta de lo mucho que un toro corre, por muchísimas fotos que haya visto, hasta que le ve... correr. Son flechas.

















O sea, que tu llevas tu caminito, tu tran-tran, con sus laterales bien identificados por la jungla y vas tan tranquilo. ¿Que a veces el caminito se convierte en un riachuelo? Pues nada, hombre, pasamos despacito y sin dejar de acelerar para que el agua no entre por el tubo de escape y ya está. ¡Quién dijo miedo?































Como mucho, echas a Helen del coche y que explore la profundidad de este nuevo charco. (Por cierto, nuestro coche era el rojillo al que se dirige Helen). A la mujer le encanta hacer de guía y los demás se lo solíamos agradecer con una cerveza (que también le encnatan). Después, otra vez a circular (cual unos De la Cuadra Salcedo comunes y corrientes):















Con unas pequeñas obligaciones de mantenimiento, cerveza para Helen y gasolina para los autos, la cosa va sobre ruedas:






















Hay ocasiones en que el camino se complica. ¿Y qué? ¿Para qué hemos venido aquí? ¡Para que el camino se complique, ¿no?!















Aunque entonces, las caras de los conductores se tensan:
















Se concentran. Todos, tensos también, confían en ellos. Nuestra vida probablemente y, con seguridad, nuestro confort dependen de ellos. Algunos cruzan los dedos, otros piensan en cosas agradables. Incluso algunos conductores piensan en cosas agradables y... ¡zas! Ahí está el problema. En el ZAS. Sin que te hayas dado cuenta, estás de barro hasta el retrovisor y el coche no va de hacia atrás ni hacia adelante. Clavados. Aventura.



















Lo más desafortunado fue que, con el susto y el pavoroso futuro que nos esperaba, la gente empezó a tomar fotos muy tarde y a volea, por lo que ni el "clave", ni la profundidad de aquel charco de lodo, ni la perspectiva (la soledad) quedan medianamente reflejadas en las fotos. "Sobre el pavoroso futuro" quiere indicar lo que teníamos todos en la cabeza en ese momento: "llevamos cinco o seis o siete horas sin cruzarnos con nadie, sin que nadie nos adelante (imposible), sin ver a nadie en la cuneta. ¿cuánto tiempo vamos a tener que pasar aquí hasta que alguien pueda hacer algo por nosotros? ¿Y cómo nos ayudará ese alguien? Porque la segunda unidad de nuestra expedición no podía hacer nada: el barro era tan profundo y tan largo que si la otra Hilux se llega a meter, para tirar de nosotros o empujarnos, se habría quedado clavada igual. todo lo demás lo intentamos: poner ramas bajo las ruedas, empujar, tirar, poner troncos bajo las ruedas; nada, los neumáticos se quemaban, echaban humo, olían, pero el coche no se movía. ¿Hasta cuándo vamos a estar aquí? Cuando caiga la noche es tierra de jaguares, de serpientes, de arañas, de mosquitos grandes y pequeños, de gusanos que se meten bajo las uñas. ¿Hasta cuándo, dios mío? Recuerdo que iniciamos una conversación teológica y todo a costa de la impotencia y de lo bien que nos vendría creer en dios. Pero aún así, sin creer en dios, y sin tardar mucho, una hora o poco más, creo, aparecieron nuestros salvadores: dos indios en un camión todo terreno con destino a Brasil y con una cuerda a todas luces resistente. Respiramos aliviados, aunque los que no las tenían todas consigo eran los camiones: también ellos tenían miedo a quedarse. Pero la solidaridad en esas carreteras recónditas funciona como hace siglos: o son bandoleros o se dejan la piel para ayudarte. Esa ha sido siempre la ley del camino. Nos sacaron, aun con apuros.


















Después hubo momentos malos, claro, pero ya nosotros íbamos más tranquilos: o la providencia, o nosotros como conductores o dos tipos que iban para Brasil nos rescatarían pasara lo que pasara. Y no sólo hubo acojono a ratos, también aburrimiento (esperando ferrys, más bien balsas, que nunca llegaba o que se acababan de ir). Pero todo muy... ¿bonito? ¿Es esa la palabra? No lo sé; disfrutamos, eso sí.


















El secreto está en no perder nunca el humor, que nadie pierda el humor (en cuanto uno lo haga, los demás vamos detrás en una peligrosa pendiente). Juan y yo lo comprendimos y tratamos de alegrar a una tortuga, que, como sabéis, es uno de los bichos vivientes que más tarda en coger los chistes. Razón por la que tuvimos que exagerar un poco.
























Sin embargo, Inge, mucho más rápida que la torguta, no se quedó a nuestra representación y, cuando quisimos darnos cuenta, ya estaba corriendo para hacerse con una birra y a disfrutar con el recuerdo del camino. Ni qué decir tiene que los demás la seguimos en un periquete.















El próximo día os contaré nuestra visita a la aldea indígena y cómo tuvimos que proteger nuestras Ray-ban de su voracidad. Junto con las Nike eran lo único que les interesaba del hombre blanco. Un abrazo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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